Máximas de San Felipe

Sabiduría Filipense

“El beato Padre Felipe Neri, que sabía de la capacidad y deseo de progresar en la vida del espíritu, solía constantemente dar a sus hijos espirituales unas memorias, algunas de las cuales son estas:”

Máximas atribuidas a nuestro Santo Padre Felipe

“Algunas memorias y consejos del Beato Felipe Neri, fundador de la Congregación del Oratorio, para lograr avanzar y conservarse en el camino del Espíritu y en el fervor para realizar en cualquier momento, mayor progreso en ese mismo Espíritu.” Manuscrito ACOR, A. III. 9

  1. Esto dijo a sus hijos, que sobretodo es necesario ser muy humilde, y cuando cometieran un pecado o falta, pensaran que la causa de eso es sPOLONIA_g4au soberbia, y entonces dijeran: Si hubiera sido humilde, no me hubiera pasado esto y no buscar excusas.
  2. También decía que cuando una persona hubiera cometido alguna falta y se corregía, debía reconocer en esa falta la soberbia y con toda humildad y alegría recibir la corrección y no permanecer triste y perezoso, porque decía que era peor esa tristeza que la falta cometida.
  3. También decía que para llegar a la perfección de la vida espiritual y lograr perfectamente el don de la humildad son necesarias cuatro cosas: spernere mundum, spernere nullum, spernere se ipsum, spernere se sperni.
  4. Además decía que la mejor manera de vencer al diablo (por ser él muy soberbio) era con la humildad y descubriendo los pecados y tentaciones al confesor y, sobre esto reitera que cuando se confiesa una persona, la cual si bien todos los días caía en pecado, sin embargo como todos los días se confesaba también se liberaba, logrando después de un año permanecer auténticamente libre.
  5. Para mantenerse el mayor tiempo posible en el estado de la humildad, solía decir el beato Felipe que no se pidiera ya al Señor más trabajo y tentaciones, pensando que la persona podría soportarlo, sino más bien pedir cada uno afecto, gracia y fuerza para poder soportar todo aquello que el Señor quiera mandar.
  6. Solía decir también el beato Padre durante su enfermedad, con gran humildad y de todo corazón que si sanaba quería cambiar de vida y llegar a ser mejor, dando a entender con esto que todavía no había comenzado a hacer bien a ninguno.
  7. También decía en su enfermedad, con un enorme espíritu de humildad, (pensando que no había hecho ningún bien): Señor, yo no quiero ya prometerte cambiar de vida o hacer el bien, porque te lo prometo y no lo hago; mostrando de este modo cómo una persona debe ser humilde y estar sobre ello.
  8. Además decía que el hombre debía buscar el saber, pero sin mostrarlo y ni vanagloriarse de ello, ni con mucha ansiedad, porque en eso también se podía caer en pecado, no obstante nulla dies sine linea.
  9. Para consolidar mejor la virtud de la humildad, con frecuencia decía que la perfección consiste en mortificar la razón y no querer hacerse el inteligente y meditar sobre cada cosa.
  10. Sobre esto decía que no está bien el querer hacer penitencias, imponerse disciplinas o cosas así por cuenta propia sin el permiso del confesor, porque tal vez la persona se dañaría el cuerpo o quizás le invadiría la soberbia, pareciéndole de haber hecho una gran cosa.
  11. Por eso decía también que para llegar a la perfección la vía más fácil no era el discernimiento, porque, dice el padre beato que algunos que así comienzan, al hacer muchas distinciones después se agotan y ya no son buenos ni para sí ni para los otros.
  12. Igualmente decía que no era necesario preocuparse tanto por los medios de manera que se pierde el objetivo, que es el enamorarse de Dios, porque decía que algunos se preocupaban tanto por los ayunos, disciplinas y mortificaciones corporales que no pensaban ya en el objetivo que es amar a Dios y enamorarse de Él y mortificar la razón; y referente a esto contaba a menudo el ejemplo de un padre que estaba en Ara Coeli, de nombre Fray Antonio, el cual, si bien se encontraba con todas las comodidades corporales, sin embargo siempre decía: Amore langueo, y con esa fuerza voló al cielo.
  13. Además decía que algunos que pedían constantemente tantas coronas, tantos encargos y tantas cosas, que entonces se cansaban y no se mantenían firmes, y si se mantenían no era por la devoción. Él bien aconsejaba, que si alguien se unía un poco a la devoción, ya no se abandonara, porque decía que el demonio ve que una vez se abandona, ve que fácilmente se abandonará otra vez y después otra, hasta que termine todo en nada.
  14. Y, para instruir mejor a sus hijos espirituales en el estado de la discreción, decía que no era necesario hacer todo en un día, pues no se llega a santo en cuatro días, sino poco a poco, de grado en grado.
  15. A propósito de esto decía que le molestaba más corregir a aquellos que querían hacer mucho, que motivar a aquellos que hacían poco.
  16. Aconsejaba con suavidad y alababa a menudo la virtud de la humildad y la mortificación; y para ejercitar a sus hijitos espirituales en dicha virtud, les hacía alguna vez prepararse para la comunión y después no quería que se lo comunicaran diciéndoles: Sitientes, sitientes venite ad aquas. Y para que se lograra tal propósito, les pedía que cuatro o cinco días antes se lo comunicaran.
  17. Cuando se lo comunicaban, pedía que durante toda esa semana, que parecía no lo acostumbrado, verbi gratia, decir cinco veces el Pater Nostro y el Ave María con los brazos abiertos o alguna jaculatoria que él les enseñaba, o algo parecido.
  18. Solía decir con frecuencia que la perfección consiste en mortificar la propia voluntad y no en cosas exteriores, como llorar u otra cosa semejante, porque decía que las mujeres lloran por cosas simples, por eso no son santas.
  19. Decía a aquellos que solían tratar con príncipes e importantes superiores, si bien un hombre recibe algún rechazo o regaño, no hay necesidad de mostrar indignación alguna, sino debe regresar con ellos con la misma alegría en el rostro como la primera vez, pues así se reconcilian más fácilmente y se aumenta el amor, y se evita que sospeche de alguna insatisfacción.
  20. Además decía que cuando se quisiera hacer alguna corrección a príncipes o importantes superiores, era necesario hacer caer la corrección sobre una tercera persona, de esta manera más fácilmente ese príncipe lo tomaría para sí.
  21. También decía que si se quería siempre ser obedecido, se mandara poco.
  22. Deseaba de sus hijitos espirituales una inmediata obediencia, y solía decir que no era suficiente con hacer lo que se mandaba, sino que era necesario hacerlo sin discusión, y estar seguros de que aquello que se ordenaba era lo mejor, lo más perfecto, aunque pareciera lo contrario.
  23. Decía con frecuencia a sus hijitos espirituales y en particular a aquéllos de la casa, que debían estar dispuestos a la obediencia y dejar todos los demás servicios comunes, incluso la oración o algo que pareciera mejor.
  24. Además decía que para ser perfecto no basta obedecer y honrar a los superiores, sino era necesario honrar a los iguales e inferiores.
  25. Exhortaba a huir de cualquier modo de singularidad o de querer mostrar ser o hacer más que los demás, y por eso decía con frecuencia que no le gustaban esos éxtasis o endiosamientos en público, ya que puede ser peligroso; quien quiera volar sin alas, es necesario tomarlo por los pies y bajarlo.sanfelipe4 - copia
  26. Sobre esto decía a los sacerdotes que evitaran cualquier demostración en público y que la preparación, los gustos y las consolaciones celestiales las busquen después en su cuarto.
  27. Para huir de la singularidad decía que a la mesa se comiese de cada cosa que los demás comían y no decir: esto no quiero, esto me hace daño, y nunca pedir comidas especiales, sólo si fuera necesario, sino contentarse con lo que Dios manda.
  28. Daba también por escrito que no se iniciara a comer antes de los demás, ni sentarse a la mesa antes de bendecir los alimentos.
  29. Exhortaba a menudo a los jóvenes que no demoraran para hacer el bien, diciéndoles muchas veces: felices, felices ustedes que son jóvenes y que pueden hacer el bien, pareciéndole que él no había hecho bien alguno.
  30. Además exhortaba a sus hijitos espirituales a huir del odio como lo más pestilente, y por eso cuando alguno de sus hijitos espirituales lo experimentaba, el beato Padre lo mandaba a hacer trabajos manuales como hilar una corona, mover cajas, escombrar la estancia, rehacer la cama u otras cosas semejantes, o tal vez leer un libro espiritual de la vida de los santos y él mismo exhortaba que se hiciera siempre así, es decir que jamás se permaneciera en el odio.
  31. Exhortaba asimismo que nunca se abandonaran los firmes ejercicios espirituales, como la confesión en los días indicados, más si alguno quisiera divertirse o hacer alguna otra cosa, primero se confesase e hiciera las otras cosas establecidas y después hiciera aquello.
  32. También decía que no le gustaba cuando alguno de sus hijitos espirituales permanecía fuera de Roma por uno o varios días sin motivo, arguyendo un cambio de aires, porque decía que el espíritu se relaja y, después al volver se dificulta regresar a la vida anterior y poder dominarse, manifestando que entre los parientes más bien se pierde el espíritu y no se gana.
  33. Quería también que las personas permanecieran alegres diciendo que no le gustaba que estuvieran pensativas y melancólicas, ya que hacía mal al espíritu, y por eso siempre el mismo beato Padre, aún durante su gravísima enfermedad, estaba con rostro jovial y muy alegre, ya que una persona feliz se curaba más fácilmente por la vía del espíritu que una melancólica.
  34. Recomendaba a todos la tranquilidad de conciencia y por eso en una ocasión dijo que era mejor cuando una persona quisiera hacer una promesa la buscara bajo condición: si puedo llegar a ser, si mal no recuerdo, o algo semejante.
  35. No le gustaban los escrúpulos, pues inquietan mucho la conciencia, y por eso cuando se confesaba alguno sobre esto, no quería escucharlo.
  36. También decía que nunca se pidiera al Señor una gracia por completo, como la salud u otra cosa semejante, sino siempre con la condición si le era agradable o si era para lo mejor.
  37. Solía decir el beato Padre estas palabras: Secretum meum mihi, Secretum meum mihi, dando con esto a entender que no se deben publicar o revelar a todos la inspiración que el Señor manda y las gracias que Su Divina Majestad otorga.
  38. También decía que no se debía estar pronto para corregir al hermano, sino se calificara antes a uno mismo.
  39. Además decía que no era necesario decir a alguien su defecto mental, o así como a uno que cojea, cojo, o a un tuerto, tuerto, o cosa similar.
  40. Solía decir a las personas que cuidaban enfermos en los hospitales o realizaban alguna obra de caridad, que no bastaba simplemente hacer el servicio a los enfermos, sino era necesario, para hacerlo con más caridad, imaginarse que aquel enfermo era Cristo y tener por seguro que aquello que se hacía al enfermo se hacía al mismo Cristo y de esta manera se haría con amor y con más provecho para el alma.
  41. Decía también que cada uno se debía esforzar en hacer cuanta obra buena pudiera; y si después de haberlas realizado alguien más se las atribuía, debía uno de alegrarse y reconocerlo como un gran don de Dios.
  42. Aconsejaba a sus hijitos espirituales no fiarse nunca de sí mismos, y acostumbraba decir que uno se pone en ocasión de pecado por ello al decir: No cometeré este pecado, entonces por ordinario se caerá con un mayor daño para el alma; para no caer decía que no bastaba con prometerse a sí no pecar, sino era preferible decir con todo el corazón: Señor, no esperes de mí sino males y pecados; Señor, no te fíes de mí porque caeré ciertamente si no me ayudas.
  43. Pedía también que las personas se contentaran con lo que quería el Señor, abandonándose en sus santísimas manos y por ello solía decir a menudo durante su enfermedad con gran espíritu de humildad estas palabras: Señor, si Tú me quieres, voy, heme aquí, que si no he hecho bien alguno, Tú lo harás.
  44. También recomendaba abandonarse en todo y para todo en las manos del Señor diciendo: Si Dios no quiere nada de ti, entonces hagan el bien en aquello donde Él quiera operar.
  45. Para este fin decía continuamente que no se buscara nada sino a Cristo, diciendo incesantemente: Quien desea otra cosa y no a Cristo, no sabe lo que Él quiere, si desea otra cosa que Cristo, no sabe lo que Él pide. Incluso expresaba: Vanitas, vanitatum et omnia vanitas, fuera de Cristo.
  46. Además aseguraba continuamente que quien llegara a anhelar el tener un giulio (moneda de plata durante el pontificado de Julio II) y no encontrara quien se lo diese, se lo dieran, dando a entender con esto que quien quiera lograr la perfección no necesita atarse a las cosas de este mundo.
  47. Era tal la separación que tenía el beato Padre de las cosas del mundo y le gustaba tanto constatarlo en sus hijitos espirituales que les decía: Si van tras las cosas y desean el dinero, no me ocuparé de ustedes, porque el tenerlas fuera de las debidas circunstancias, incapacita al hombre para lo espiritual.
  48. (no se encuentra en el texto).
  49. Incluso afirmaba que era tan útil y necesario esta separación de las cosas terrenales para servir a Dios, que si hubiera tenido diez personas realmente desprendidas y que no quisieran más que a Cristo, con ellas le bastaba a su alma para convertir a todo el mundo.
  50. Afirmaba también incesantemente que era necesario dar todo, todo a Dios y mientras se busque dar el amor a los parientes, al estudio, a sí mismo o a cualquier otra mínima cosa, finalmente se despoja de Dios. Decía siempre, henchido del amor divino: Quiero saber cómo lo hacen ustedes, esta red de amor que a tantos cubre.
  51. Reiteraba el beato Padre que las personas llegan a ser realmente espirituales cuando Dios se enamora de su alma, no pueden dormir en la noche, pero la pasan en oración con lágrimas, suspiros y afectos amorosos que son forzados a decir al Señor: Dios, déjame dormir un poco.
  52. Daba ejemplo el beato Padre con hechos, demostrando la caridad que se debe tener, porque no quería tener para sí mismo ni lugar, ni horas, ni tiempo y solía decir que para ayudar al prójimo no necesitaba tener ni lugar, ni tiempo para sí.Chrysanthemum
  53. Por eso repetía que abandonar sus propios gustos para ayudar al prójimo era gozo espiritual, era acto de gran perfección y era renunciar por Cristo para Cristo.
  54. Además decía que cuando una persona no era perseguida o que no tuviera quien le ofendiera, debía, para conseguir ser espiritual, imaginarse mentalmente que alguien llegaba a injuriarlo diciéndole villano, y no satisfecho con esto le daba de azotes, lo hiriese y otras tantas ofensas, y ahora él, inflamado de caridad a imitación del buen Jesús, que tanto padeció por nosotros, le perdonase de todo corazón como si realmente hubiese recibido tales afrentas y que así también pensara que volvía a encontrar un grandísimo espíritu y devoción.
  55. Insistía exhortando a las personas a hacer el bien, pues en este mundo no hay purgatorio pero sí paraíso e infierno porque, decía el buen Padre, que a Dios se sirve realmente con cada trabajo y enfermedad, se transforman en consolaciones y se posee interiormente ese paraíso aquí en cualquier trabajo, quien hace lo contrario y quiere cuidar los sentidos tiene el infierno en este mundo y no en el otro.
  56. Por ello animaba constantemente a las personas a la paciencia en los trabajos y en la enfermedad, diciéndoles que el Señor no desea mandar un trabajo que después no mande un consuelo, y si les envía un trabajo que estén alegres y esperen el alivio.
  57. A este respecto repetía que la vida de un hombre espiritual es un consuelo y después un trabajo y después un consuelo y después un trabajo.
  58. A unos que tenían poca paciencia para el trabajo que el Señor les mandaba les decía: No eres digno de que el Señor te visite, dando a entender con esto que era una gran gracia de Dios cuando lo visitaba en alguna adversidad y que se debía contentar con eso que quería y agradaba al Señor.
  59. Pedía paciencia en las tribulaciones que el Señor manda, diciendo el beato Padre con palabras y mostrándolo con su ejemplo, que cuando el Señor quiere mandar alguna enfermedad, alguna tribulación o contrariedad, no debe la persona huir de la cruz, sino vencer cada cosa con paciencia, añadiendo, si huyes de la cruz que el Señor te envía, encontrarás una aún mayor.
  60. Decía a sus hijitos espirituales que fueran humildes y estuvieran atentos a las tentaciones que encontrarían en el progreso de su vida espiritual, que la vida de un hombre de espíritu primero es una vida de bestia, después vida de hombre y después vida de ángeles, por eso en un inicio el Señor suele atraer el alma hacia sí, alentándola con dulzura y con ciertas cosas espirituales y dulzura espiritual y gustos extraordinarios, pero después la abandona y retira su mano de aquella dulzura para ver si son fuertes de espíritu y los deja luchar solos y cuando por un tiempo han resistido y vencido esas tribulaciones y tentaciones les concede nuevamente los gustos y las consolaciones celestiales por duplicado y ahora es una vida angélica en la que no se siente trabajo o fastidio por cosa alguna.
  61. También afirmaba que cuando una persona se comunica con otra se acerca más de lo acostumbrado a las tentaciones, porque decía que al Señor no le gusta estar ocioso, y por eso comentaba el beato Padre: Yo no permito que los jóvenes platiquen muy seguido, porque tal vez no resistan a las tentaciones.
  62. Asimismo decía que cuando alguno hiciera algo extraordinario del espíritu, que esperara pronto las tribulaciones y tentaciones, y a la hora de encontrarse en ese espíritu inusual, pidiera al Señor la gracia y fortaleza para soportar todo lo que Su Divina Majestad mandase, rogando para que en eso que suceda no se cometa pecado alguno, ni mortal ni venial es decir, que no lo ofendiese ni mortalmente ni venialmente.
  63. Al preguntar el beato Padre cuál podría ser la mayor tribulación que una persona espiritual podría tener, y diciendo cada uno su parecer él añadió: La mayor tribulación para una persona realmente espiritual es no tener tribulaciones.
  64. Exhortaba muchísimas veces con ardientes comentarios sobre la virtud de la castidad diciendo: Cuídense los jóvenes de la carne y los viejos de la avaricia.
  65. Para este fin mandaba que inmediatamente después de la comida nadie estuviera solo ni para leer, ni para escribir, ni para alguna otra cosa porque a esta hora el demonio suele dar mayores tentaciones.
  66. Aconsejaba a las personas que se alejaran de las tentaciones de la carne, pues esa clase de tentaciones se vencen mejor huyendo que combatiendo.
  67. Quería que sus hijitos espirituales huyeran de cualquier tentación de pecado, hasta la más mínima y, por ello, no quería que los jóvenes tocaran sus manos unos a otros, ni si quiera por juego.
  68. No quería que los jóvenes estuvieran juntos y solos, porque decía el beato Padre, si bien son buenos y no tienen malos pensamientos, de todas maneras estos pueden llegar.
  69. Reiteraba que las personas siempre tuvieran miedo y no se fiasen de sí mismas, asegurando que el demonio muchas veces asalta de improviso y si no están atentos caerán.
  70. Añadía que uno de los mejores medios para mantenerse casto era el tener compasión por aquel que caía por fragilidad, de otra manera también él caería.
  71. Aconsejaba cuando las tentaciones eran usuales por la noche, se recitara la tarde anterior el himno Te lucis ante terminum.
  72. También decía que cuando alguno era tentado, sobre todo en la carne, se pidiera inmediatamente ayuda al Señor, rogando con devoción: Deus, in auditore meum intende; Domine, ad adviuvando me festina; o quizás aquel verso: Cor mundum crea in me, Deus et spiritum rectum innova in visceribus meis, y que se besase el suelo y se dijera al demonio: Te acusaré con Felipe: esas cosas (como invocan muchos hijos espirituales) son de gran ayuda.
  73. Exhortaba el beato Padre con palabras y su ejemplo, permanecer en la vía del espíritu y hacer mucha oración; pero siempre con el consejo de su padre espiritual, y por ello el mismo beato Padre durante su gravísima enfermedad, cuando los médicos le prohibían que hiciera oración, decía con gran ímpetu: no hago oración, no hago oración; sin oración me siento como una bestia.
  74. En esas ocasiones decía que no hay otra cosa que el demonio aborrezca más que la oración.
  75. Por ello para un mayor provecho y para que la persona no se cansase, aconsejaba también elevar la mente muchas veces durante el día hacia Dios con cualquier jaculatoria, las cuales se imprimieron aparte.
  76. Aconsejaba a sus hijitos espirituales el beato Padre que cuando se hiciera oración no se viera con los ojos corporales alguna imagen o un crucifijo, que no se iniciara nunca así, porque esto arruinaba la mente.
  77. Aseguraba que una de las cosas que beneficiaba a la vida espiritual era hacer oración y la lectura asidua de la vida de los santos.
  78. Reiteraba que cuando uno quería hacer oración era preciso seguir al espíritu y el espíritu no se postra a meditar la vida de los santos si quiere meditar la vida de Nuestro Señor y su pasión; y no se postra a meditar la vida del Señor si quiere meditar la vida de los santos.
  79. Animaba a la perseverancia en la oración diciendo que no se debe hacer oración por fanatismo ni por dejar de hacer alguna otra tentación, sino soportar cada cosa con paciencia, porque el Señor concede en un determinado momento aquello que no se obtiene ni en una decena de años.
  80. Conducía asimismo a sus hijitos espirituales para que rogaran continuamente al Señor, que les concediera perseverancia en hacer el bien, porque decía que a Él le bastaba un corto tiempo para disponer el espíritu de cualquier persona, pero lo importante era la perseverancia.
  81. Acostumbraba decir el beato Padre que al inicio el espíritu era grande, pero que después el Señor fingebat se longius ire, y que, ahora necesitaba estar firme y perseverante para que regresara.
  82. Afirmaba también que no se podía llegar a la vida contemplativa si primero no se había ejercitado en la activa.
  83. Animaba a todos a perseverar en la vida espiritual diciendo Su Reverencia que el Señor no suele mandar la muerte a un hombre espiritual, si antes no se lo hace saber, o bien sin que le otorgue un extraordinario espíritu.oratorio5
  84. Para siempre continuar en la vida espiritual y nunca detenerse, decía que las personas desearan la santidad como cualquier santo, y que no debería querer llegar a la perfección de algún gran santo, si esto no se podía lograr.
  85. También afirmaba que uno no se debía fiar de sí mismo, sino tomar siempre los consejos del padre espiritual y encomendarse a la oración de todos.
  86. Además decía a los jóvenes y a los otros que para mantenerse en la vida espiritual tanto eran necesarias las buenas prácticas como los santísimos sacramentos.
  87. Añadía que en las gracias que se obtuvieran del Señor a través de la oración era necesario continuar en ella hasta que la gracia fuera perfecta, porque si se abandonaba la oración faltaría la gracia, como para obtener la santidad de algún enfermo u otra cosa similar, si dicho enfermo comienza a estar mejor, no se debe abandonar la oración, porque como dicha santidad se ha comenzado a obtener por la oración, así a fuerza de la oración se necesita conducirla a la perfección.
  88. También decía que cuando una persona espiritual al pedirle al Señor una gracia sintiera una gran paz de espíritu al orar, era buena señal, pues el Señor le había otorgado la gracia o bien quería dársela.
  89. Para ayudar a las personas escrupulosas siempre solía, guiado por el Espíritu Santo, hacer que comulgaran sin confesión, haciendo que recibieran el Santísimo Sacramento para remediar sus escrúpulos y no les hacía que se confesaran muy seguido, como lo hubiera hecho si no fueran tan escrupulosas.
  90. Acostumbraba el santo Padre dar dos reglas para saber si las personas espirituales habían logrado rechazar las tentaciones de la carne o algo semejante: una de las cuales era si la persona siente un vivo amor por la virtud en la cual había sido tentada y un odio contra ese vicio: por tanto era seguro de que no había consentido; la otra era si esa persona no jura de haber consentido esa tentación, sabiendo que jurar por algo en lo que hay una duda, es pecado mortal, es un claro signo de no haber consentido de alguna manera la tentación.
  91. Aconsejaba también que después de la tentación, no era necesario investigar si la persona la había consentido o no, porque muchas veces por ese pensamiento solían regresar las mismas tentaciones.
  92. El santo Padre prohibía expresamente a todo aquel que quería caminar por la vía espiritual, de comer fuera de su hora y le disgustaba tanto esto en una persona espiritual como cualquier otro defecto y le decía: Nunca tendrás vida espiritual si no te enmiendas en esto.
  93. Para lograr esto mismo quería que ninguno, más que por extrema necesidad, viese alguna parte del cuerpo de otro desnudo, como brazos, piernas o alguna otra parte y menos la viera de sí mismo.
  94. Para mantenerse en la castidad decía que no había mejor remedio que tener miedo y nunca fiarse de sí mismo, aun cuando la persona haya por muchos años cuidado el espíritu o sea ya viejo y enfermo o se encuentre en otra condición, que siempre debía tener miedo hasta que pudiera abrir y cerrar los párpados.
  95. Por ello decía a los confesores que los acostumbraran a no ir a casa de las señoras que eran sus hijas espirituales y menos a casa de otras señoras, a menos de que fuera necesario; y en estos casos nunca ir solos, sino buscar un compañero y arreglar pronto los asuntos.
  96. Además que los confesores no permanecieran conversando con mujeres, a menos que la confesión lo precisara.
  97. También decía a los confesores que no fueran rigurosos en la confesión y que no asustaran a las penitentes, sino que fueran comprensivos y buscar con paciencia y amor ganárselas.
  98. Insistía que confesaran particularmente a las jóvenes y las mujeres solteras únicamente detrás del confesionario, para que de esta manera pudieran libremente decir todos sus pecados y no dejar, por vergüenza, de confesarlos al ver delante al confesor.
  99. Insistía a los confesores que condescendieran en todo cuanto fuera posible y no quisieran con rigor prohibir a los hombres adornarse con elegantes trajes, collares, espadas u otras cosas similares; del mismo modo no debían prohibir a las mujeres adornarse pues de esta forma las asustan y no logran nada, sino era necesario con dulzura y poco a poco buscar conducirlos por el camino del espíritu en el amor a Dios, y así harán más de lo que el confesor hubiera querido.
  100. Decía que no era necesario que los confesores y padres espirituales quisieran guiar a sus hijos espirituales por los mismos sentimientos a través de los cuales Dios les había llamado a ellos, ya que así encontraran muchas veces espíritu y gusto en los ejercicios espirituales y meditaciones, en cambio, si quieren que hagan lo mismo sus hijitos, les dañarán cabeza y cuerpo y no serán buenos en nada.
  101. Además les aconsejaba que era necesario que sus hijitos espirituales al principio no les dejaran hacer todo lo que quisieran o pidieran, porque así los mantenían más atentos al espíritu, de otra forma se volverían débiles y se harían perezosos con peligro de abandonar el bien iniciado y regresar a la vida anterior.
  102. Para poder comenzar y perseverar en la vida espiritual para llegar a la perfección, decía el beato Padre que era necesaria la devoción a la Santísima Virgen y en particular un año antes de que se fuera al cielo cuando se le apareció la misma santísima Madre visiblemente, librándolo de la muerte al otorgarle de momento la salud, por eso no les recomendaba a los suyos más que la devoción a Nuestra Señora y pidió a todos con un gran cariño y abundantes lágrimas que cada día por amor a ella rezaran esta oración en honor a la Madre de Dios, es decir en lugar del Pater Nostro y del Ave María, dijeran muchas veces: Virgen María, Madre de Dios, ruega a Jesús por mí.
  103. Aunque el santo Padre fuera desprendido de toda cosa terrena y lo deseara también para los demás, quería de todas maneras que se cuidaran las cosas de Dios y cuando alguien hacía mal uso de ellas, solía decir: aligérame estos escrúpulos que no son cosa de Cristo y después haz lo que quieras. Y contaba aquel ejemplo de un santo padre que al hacerle una corrección a un hermano por haber roto tres lentes y le narró que san Antonio iba a estudiar cerca de la luz de la lámpara de la iglesia para no gastar las cosas de la Iglesia.
  104. Así como le gustaba tanto la alegría y le disgustaba de igual modo la desesperanza y decía que se debía estar muy atento durante la alegría para no convertirse en disoluto o llegar a un estado de burla, porque la persona se hacía incapaz para lo espiritual y arrancaba lo poco que había logrado.
  105. Añadía que las visiones llegan, pero lo importante era saber recibirlas, ya que era necesaria una gran entrega y profunda humildad.
  106. Aconsejaba a los sacerdotes, con mayor razón a los que viven en comunidad, que buscaran en la mayor medida posible de no tener nada especial en la Sacristía, y que nunca tuvieran una hora especial, ni altar, ni otra cosa, sino que celebraran la misa cuando les llamaran y donde les mandaran.
  107. Advertía también que cuando una persona fuera a visitar a un enfermo no hicieran de profeta diciendo que el enfermo moriría o no moriría, porque decía que al decir que el enfermo moriría y después esa persona sanaba les daría pesar de que el enfermo hubiera sanado y de que su profecía no hubiera sido cierta.
  108. Decía también a los confesores que no era necesario querer una gran espiritualidad en sus hijos espirituales, y en especial en las señoras, pues al pensar que se tiene un gran espíritu, al poco tiempo se acaba en nada.
  109. Aconsejaba a todo aquel que quería la salud del alma, que antes de elegir a un buen confesor se pensara bien, ya que después de haberlo tenido no lo dejarían ya más y le tendrían una gran confianza para contarle hasta la más mínima cosa, pues el Señor no le permitirá equivocarse en las cosas que son para la salud de su alma.
  110. Además que cuando se confesaran siempre dijeran primero los defectos y pecados que les perturbaran la conciencia y de los cuales más se avergonzaban, porque así se confunde más al demonio y se obtenía grandes frutos de la confesión.
  111. Le disgustaba mucho las personas que daban excusas y decía: el que desea llegar a santo nunca debe buscar pretextos, sino siempre admitir la culpa, aunque no sea verdad, eso es lo correcto, y solía llamar a los que se acusaban de esto Madonna Eva.
  112. Era tanta la humildad del santo Padre que se maravillaba de que Dios se haya servido de él, un sujeto tan vil y débil, para fundar la Congregación del Oratorio.
  113. Afirmaba que no se debía tener miedo de nadie, ni confiarse de los hombres, pues esto solía decir: Si todos los de la Congregación se fueran, no me preocuparía en nada, porque Dios no necesita de hombres, ni quiero tener miedo de ninguno, si Dios está conmigo.
  114. Con este mismo espíritu, estando al final de su vida pedía al Señor, como lo hiciera san Marino con estas palabras: Domine, si populo tuo sum necessarius, non recuso laborem, al instante descansa con un gran espíritu y abundantes lágrimas: Dios me guarde de esto, yo no soy así, yo no soy así, el Señor no tiene necesidad de mí.
  115. Para obtener frutos de la lectura de la vida de los santos y de otros libros espirituales, decía que no era necesario apresurarse ni por curiosidad, sino poco a poco y asiduamente, y cuando la persona se sintiera arrepentimiento y devoción no necesitaba seguir más adelante, sino detenerse y seguir el espíritu, y cuando ya no sintiera esas afecciones, siguiera un poco más de la mano del Espíritu Santo que le ayudaría, y así haría progresos en la vida espiritual.
  116. Añadía que cuando otros querían comunicarle otras meditaciones, debían seguir en el espíritu que habían tenido en la oración y no buscar nuevas.
  117. Aconsejaba que cuando se tuviera alguna tentación, la persona recordara aquel gusto que había sentido con la oración y así superaría fácilmente la tentación.
  118. Para aprender a hacer bien la oración, decía el santo Padre que era una magnífica medida el humillarse y reconocerse indigno de tales beneficios, y abandonarse en todo en los brazos del Señor que Él le enseñaría a hacerlo.
  119. Solía hablar de ciertas tentaciones que podían tener las personas espirituales, y preguntaba: Si estuvieras una mujer en el cuarto ¿qué harías? Si pudieras matar a un enemigo ¿qué harías? Si alguien quisiera ofenderte ¿qué harías? o cosas semejantes. Solía decir que se respondiera de esta manera: Yo no sé lo que haría; yo sé bien lo que debo hacer, esto es mejor que decir: Yo haría esto o no haría lo otro, ya que esto es una forma de presunción de sí mismo.
  120. Decía que las personas espirituales, cuando eran tentados en la carne o en algo similar, no debían entristecerse ni perder el ánimo, porque Dios cuando quiere dar alguna virtud, suele primero mandar la tentación opuesta a la virtud, a fin de que de esta manera se haga capaz el alma de obtener aquella virtud contra la cual se oponía esa la tentación.
  121. Reiteraba que las personas no deben dejar de hacer el bien por la vanagloria que hay en las buenas obras, siempre que la vanagloria no mandara, porque si se toma en cuenta arrebata las buenas obras, y la perfección consiste en que sea sierva.
  122. Acostumbraba mortificar por largo tiempo a las personas que deseaban ser religiosas, enfrentándolos a aquello que tuvieran más repugnancia, y muchos de aquellos que les había dado permiso de hacerse religiosos, han dicho muchas veces que si el santo Padre no les hubiera conducido, así con mortificaciones, no hubieran llegado a ser religiosos.
  123. Recomendaba a las personas que querían sacar provecho de la vida espiritual, no debían nunca hacer enojar a su confesor, pidiéndole que les diera permiso de lo que no estaba de acuerdo como ayunar, darse disciplinas, llevar cilicios o algo semejante.
  124. También aseguraba que las personas espirituales, cuando no tuvieran la presencia del confesor y se hubieran imaginado que les hubiera dado permiso, podían hacer eso que habían pensado, pero después lo dijeran al confesor.
  125. Recomendaba que las personas permanecieran en su casa, es decir dentro de sí mismo, considerando su actuación y no salir fuera para juzgar las acciones y la vida de los demás.logo oratorio1
  126. Decía que se evitara hablar de sí mismo, sobre todo hablar bien, ni por broma ni en verdad y buscar no mostrarse a sí mismo.
  127. Añadía que las personas religiosas, las cuales vivían bajo la obediencia y buscaban el bien del alma, debían, cuando eran mandados a obedecer por otro, dejar rápido cualquier cosa, obedeciendo sin réplica alguna, aunque dejen cierto bien y luego fueran donde estaban seguros de hacer algún bien.
  128. Decía además que aquellos que eran nuevos en el espíritu, no debían buscar convertir a otros, sino primero llegar a fortalecer la conversión de sí mismo y ser humildes, de otra forma parecería que no hacen gran cosa y se caería en un espíritu de soberbia.
  129. Afirmaba que las personas escrupulosas debían despreciar los escrúpulos si querían librarse de ellos y para lograrlo se remitieran especialmente en todo y para todo al padre espiritual.
  130. Solía decir también que este trabajo era muy arduo, ya que por pensar mucho en los mismos escrúpulos no permitían experimentar una completa libertad, si acaso una tregua pero no paz.
  131. Reiteraba que las personas espirituales debían estar preparadas tanto para sentir los deseos de Dios como estar en ardor de espíritu y de la devoción todo el tiempo que Dios quiera, sin lamentar jamás alguna cosa.
  132. Decía que era de mucho peligro para las personas espirituales el desear tener visiones y muchos que habían caído en ese espíritu cayeron en gran desgracia.
  133. Decía que para salvar a una persona que había caído en pecado después de mucho tiempo haber estado adornada por las virtudes, que uno de los mejores remedios para ayudar a tal persona era pedirle que hiciera serias penitencias, como exhortarle a reconocer sus faltas frente a otras personas de vida bondadosa, con las cuales tengan confianza, porque Dios por este acto de humildad, les ayudará a regresar a su antiguo estado.
  134. Enseñaba también que esas personas se conservan en castidad si temían más de sí mismos y en cuanto pudieran le manifestaran sus tentaciones al padre espiritual y además quería que los jóvenes le dijeran en confesión todas las impurezas que hubieran tenido durante el sueño, aún sin consentirlas sino como evacuaciones de la naturaleza.
  135. Además advertía que no estaba bien que los hermanos bromearan con las hermanas tocándoles las manos a manera de juego, porque ahí podía surgir algún gran desorden de pecado, como muchas veces el demonio en esas ocasiones suele decir mujer y no hermana.
  136. Prevenía, sobre todo a los jóvenes, de besar y abrazar a las niñas, aunque fueran parientes, ya que de esta manera sería más fácil mantener la castidad.
  137. Advertía continuamente que le disgustaba que alguien dijeran los Oficios y especialmente las Horas sin leerlos, ya que podían cometer errores.
  138. Decía también que un religioso que se encontrara en una congregación debilitada, pero su espíritu era grande, debía mantenerse ahí, aludiendo a un caso en particular, pues Dios solía valerse de la condición de esa persona para renovar el espíritu de otra.
  139. Aconsejaba que cuando se encomendara el alma de un moribundo, era de gran ayuda pedir por esa alma con pocas palabras y ocasionalmente.
  140. Reiteraba que no se dijera a otros algo que no hubiera hecho alguien o que no quisiera hacer.
  141. (no se encuentra el texto)
  142. (no se encuentra el texto)
  143. Advertía que cuando el demonio no podía hacer caer a alguien en pecado grave, buscaba que entre el penitente y su confesor hubiera diferencias, pues así poco a poco lograba hacer gran daño.
  144. Además que era mala señal no tener algún sentimiento especial en las grandes fiestas.
  145. Igualmente decía que era bueno terminar la oración con el deseo de continuar orando y no terminarla con tedio.
  146. (a continuación escribe F. Zazzara) La preparación de un verdadero sacerdote para la celebración de la santa misa es encontrarse siempre preparado y vivir de tal manera que pueda en cualquier momento comulgar.
  147. Exhortaba a sus hijos espirituales, con mayor razón a aquellos que solían avanzar en su vida espiritual, que no fueran a su casa, porque entre los parientes más bien se pierde y no se gana espíritu.
  148. Para mantenerse casto enseñaba siempre de tener miedo a caer, y si alguno no dudaba o no temía, con esto sabía que debía huir de la compañía de las mujeres, como de la peste.
  149. Decía que para tener paz y tranquilidad en el matrimonio, un medio muy eficaz era que tanto uno como el otro tuvieran a un mismo confesor, quien podría descubrir fácilmente de qué parte venía el error, y con prudencia y destreza ir remediando en ambos las inquietudes, que la mayoría de las veces son causadas por el excesivo amor que se tienen y los celos que muestran tanto uno como el otro.
  150. Continuamente decía que es muy necesario tener el deseo y la meta de llegar a la santidad como san Pedro, san Pablo, todos los Apóstoles o como san Francisco, santo Domingo y todos los santos; que si bien no se conseguía, por lo menos se debería de desear y no tener la idea de que no se había hecho algún esfuerzo.
  151. Enseñaba que cuando una persona no sintiera devoción y tuviera aridez para la oración, era un magnífico remedio imaginarse ser un mendigo ante la presencia de Dios y de los santos y, como tal, ir ante la imagen de algún santo y pedirle con humildad una limosna espiritual, del mismo modo que el mendigo pide una material.
  152. Al hablar sobre los estudios, el beato Padre que los mejores y más provechosos libros para aprender eran los que empezaban con la “S”, es decir de los santos, como san Agustín, san Gregorio, y similares.
  153. Daba por escrito a los confesores que al confesar a una mujer no se demoraran platicando y que su tono fuera más bien severo y también que al confesarla nunca la tuvieran a la vista.
  154. (continua escribiendo Pateri) Solía decir muchas veces: En los asuntos de la salud del alma y del cuerpo, cuando tengo tiempo de hacer oración para pedir alguna gracia a Dios, tengo la esperanza de obtenerla.
  155. Solía decirnos cuando nos veía tristes por temor a perderlo corporalmente, sobre todo en los últimos años y meses: Rueguen por mí, que espero ir a un lugar donde podré ayudarlos muy cerca de Dios; esto nace por la gran esperanza en Dios.
  156. Exhortaba continuamente que no permitiera que el demonio les indujera a abandonar su oración usual, en particular la santa Misa de los días feriados, y decía que cuando empezaran a no tomar en cuenta los pequeños defectos, la conciencia se torna laxa y se va a la ruina.
  157. Solía decir con gran espíritu de humildad y conocimiento de sí mismo y además hacía repetir a los otros estas sentidas palabras: Señor, la herida de tu costado es grande pero, si Tú no me ayudas, la haré más grande.
  158. Alguna vez escuché al beato Felipe decir: Antes de cometer un pecado mortal, preferiría ser descuartizado y morir cruelmente.
  159. Todos los días decía al Señor: Cuídate de mí hoy que te traicionaré y haré todo el mal del mundo si Tú no me ayudas.
  160. Solía decir que era más benéfico el mortificar una propia pasión, por pequeña que ésta fuera, que muchas abstinencias, ayunos y disciplinas.
  161. (continúa, al parecer, el escrito del padre Giuliano Giustiniani) Decía el beato Felipe que le agradaba más una persona que tuviera tentaciones de carne y les hiciera resistencia huyendo de la ocasión, que uno que no fuera tentado y no huyera de la ocasión.
  162. Aseguraba que era un gran error cuando los sacerdotes podían celebrar todos los días y no lo hacían, siendo éstos los que pedían licencia para no celebrar diario con el pretexto de descansar y les decía que aquellos que buscan la consolación fuera de su lugar, buscan su condenación y, quien quiere ser sabio fuera de la verdadera sabiduría o salvado sin el salvador, él no está sano sino enfermo y no es sabio sino loco.
  163. Además que no se debía nunca prometer al buen Jesús algún bien de sí mismo, al contrario, y así lo hacía él diciendo: Señor, de mí no esperes más que males.
  164. Para vencer las tentaciones de la carne decía el padre Felipe que había cinco remedios muy útiles: primero, huir de la ocasión; segundo, no alimentar el cuerpo con cosas exquisitas; tercero, huir del odio; cuarto, frecuentar la oración; quinto, frecuentar la confesión con el Santísimo Sacramento.
  165. Aseguraba que algunas tentaciones se vencían huyendo, otras resistiendo otras despreciándolas.

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