La Espiritualidad del Oratorio y de la Congregación

El corazón habla al corazón

Cor ad cor loquitur

Los oratorianos nos ejercitamos en la obediencia, castidad y pobreza… Todo con alegría y sin necesidad de votos. Este es nuestro camino espiritual:

Itinerario Espiritual

Prefacio

I. Desde la época en que el Señor donó a su Iglesia a San Felipe Neri, la figura de este santo ha ejercido siempre una fuerte sugestión y una gran atracción. «En torno a él un verdadero encantamiento… En él se resume y se personifica el espíritu de los tiempos modernos…»[1]. El estilo de vida practicado por él y sus discípulos es original y atractivo. El carisma de Felipe es poliédrico y no es fácil expresarlo con una palabra o una frase.

II. Las Constituciones del Oratorio de San Felipe Neri, nacidas de la vida práctica cotidiana del santo y de los suyos, ex­presan una rica espiritualidad y un tenor de vida que se remonta a la vida de los primeros cristianos. Es un estilo de vida auspiciado por el Concilio Vaticano II[2], inclusive para los sacerdotes diocesanos al cuidado de las almas.

III. En el presente texto se busca resaltar las características más relevantes que explican lo que el Espíritu Santo ha transmitido a su Iglesia, por medio de San Felipe, a través de una experiencia de vida sencilla, permeada por el amor de Dios y del prójimo.

IV. Es bello esclarecer aquello que distingue y caracteriza a la Congregación del Oratorio y proponerlo también a los jó­venes de hoy, deseosos de darse a Dios y a los hermanos, escogiendo éste entre tantos otros modos de operar en la Iglesia, en la cual está siempre presente el Espíritu Santo, con la variedad de sus dones y carismas.

V. Es particularmente bello -y obligatorio- para todos los miembros del Oratorio profundizar este conocimiento, es­crutando los orígenes y las tradiciones filipenses, para tener siempre presente la propia identidad y poderla expresar en el trabajo de la propia santificación, en la vida cotidiana de la familia -como lo es la oratoriana-, en las obras de apostolado y en la guía de las almas.

VI. Los oratorianos queremos ser en los tiempos modernos un signo del amor de Dios y de la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia de Cristo, como lo fue San Felipe Neri en su tiempo.

El Oratorio está llamado a llevar el Evangelio en el mundo moderno -rico en fermentos positivos, pero también tenta­do por el materialismo y por la autocomplacencia-, con su propuesta de amor, de sencillez, de alegría y de oración auténtica.

VII. Para concurrir más eficazmente a la misión de la Iglesia en el mundo -a fin de que se extienda el Reino de Dios en la variedad de sus dones-, es un medio indispensable para el Oratorio conocer el propio carisma como un don del Espíritu Santo, valorizarlo, potenciarlo y anunciarlo.

Capítulo I. San Felipe Neri

San Felipe Neri

  • 1. Felipe Neri obró en la Iglesia en tiempos muy difíciles. El Espíritu Santo obró en él de modo extraordinario para la reforma de las costumbres y la profunda revivificación de la fe. Todavía hoy su espiritualidad, su originalidad, su espontaneidad, su enseñanza, su estilo de vida y la alegría que expandía en tomo a sí, atraen admiración, simpatía y deseos de afrontar con seriedad el problema religioso, el compromiso de amor hacia Dios y el bien de los hermanos.
  • 2. Es notoria su autenticidad evangélica en el ejercicio de la virtud y de su celo apostólico. La espontaneidad de su es­píritu sigue siendo sorprendente. Vivió lo sobrenatural con total naturalidad e hizo de su fe una fuente de alegría y de comunión. Con sabia pedagogía supo transmitir su experiencia a tantos discípulos e hijos espirituales.

Pippo Buono

    • 3. Felipe había heredado un carácter agradabilísimo y estaba dotado de una natural bondad, penetrada por la gracia. Era conocido como “Pippo buono”. En este terreno natu­ralmente bendecido, su familia, muy religiosa, había sem­brado mucho. Para él era una alegría la oración, el canto, la recitación de los Salmos junto con su hermana. El gusto por lo divino está presente en él desde su más tierna in­fancia. A medida que crece en edad el Espíritu Santo dila­ta su capacidad para recibir los dones.
    • 4. Sin duda, en la formación de su religiosidad contribuyó mucho que frecuentara el convento de San Marcos en Florencia. ¡Cuánta alegría le procuraban los cantos espirituales que se efectuaban en la plegaria y en la liturgia de San Marcos, cantos populares, con el lenguaje popu­lar, aptos para elevar el espíritu e infundir alegría; y cuánto interés suscitaban en él las predicaciones domi­nicales que iluminaban su mente e inflamaban su corazón con la Palabra de Dios!

En San Marcos aleteaban el espíritu ardiente y batalla­dor de Savonarola, pero también las suaves imágenes pintadas por el Beato Angélico.

De San Germán a Roma

  • 5. a) Felipe se había ido a San Germán quizá para satisfacer el deseo de su padre que sufría estrechez económica.
  • 5. b) No estaba hecho para las cosas a medias, sino para el compromiso. La cercanía de los benedictinos estimula y acrecienta en él la urgencia de escoger, de dar un sentido a su vida. En la “montaña hendida”, cerca de Gaeta, había una capilla dedicada a la Santísima Trinidad, esta maravi­lla de la naturaleza, esta hendidura de la montaña que se desploma sobre el mar, desde la cual uno puede extender­se con la mirada hasta el infinito, lo llena de misterio, lo sumerge en Dios. La meditación le hace ver la vaciedad de cuanto el mundo le puede ofrecer. Él no se siente hecho para el comercio ni para otras profesiones que ligan el co­razón a los negocios.
  • 6. Con el ardor de sus dieciocho años, dócil a la llamada del Espíritu Santo, decidió ponerse a la total disposición del Señor.

Sentía una fuerte atracción hacia la vida eremítica: se re­flejaba en la vida de los Padres del desierto, hombres que, según él, se le parecían. Pero el Señor no lo llamaba a una vida solitaria, antes bien, lo puso en un mundo lleno de contradicciones, en una ciudad, de tal manera agitada, que llegaba al vértigo, a ésta lo llamaba para llevar paz, se­renidad, espíritu de reflexión y de plegaria, atendiendo a la conversión del corazón.

  • 7. En Gaeta hace una elección radical, total. Parte para Roma. No sabe bien que hará. Se deja guiar por el Espíritu Santo.
  • 8. a) En casa de la familia Caccia, esperando a que el Señor le muestre claramente qué hacer, inicia su apostolado sem­brando en los corazones no contaminados de los hijos de su patrón, el amor de Dios.
  • 8. b) Mientras tanto, vive en plegaria y penitencia y continúa los estudios académicos. Comienza a conocer las miserias de Roma: personas deshechas a manos de los vicios; la pobreza y la miseria, las enfermedades y el abandono son también efectos del desastroso saqueo de Roma en 1527. Su corazón se llena de tristeza, de compasión. El fuego del Espíritu Santo lo quema por dentro. Vende hasta sus libros para llevar ayuda. Se hace peregrino visitando las iglesias, habla de Dios por las calles. De noche se retira a las catacumbas de San Sebastián, a solas con Dios. En el silencio, lejos del estruendo de la ciudad, renueva sus energías. La víspera de Pentecostés de 1544 el Espíritu Santo lo llena de Su fuego: se le rompen las costillas mientras su corazón se dilata para acoger al huésped divino. Se vuelve un “incendiario” del amor divino. Esto constituye el acon­tecimiento central de su vida: es su Pentecostés.
  • 9. a) Reflexiona sobre la difícil situación en la que se debate la Iglesia de Cristo. Contempla la vida evangélica de los primeros cristianos que tenían «un solo corazón y una sola alma» (Cfr. Hch 4, 32). Preocupado por esto se encuentra confortado sólo por el Señor, en él se refuerza el ansia de llevar su humil­de contribución para un renacimiento del espíritu evan­gélico, de la vida cristiana.
  • 9. b) La plegaria y la confianza ilimitada en Dios son su alimento. Está en continua relación con Dios a quien siente como Padre y del cual se siente como hijo. A menudo re­petía: “Señor haz de mí como sabes y quieres…”
  • 9. c) Su profunda sensibilidad natural, el espíritu de oración y de inhabitación del Espíritu Santo hacen de Felipe un apóstol excepcionalmente humano, libre; totalmente dedicado al bien de los hermanos, en absoluta fidelidad a la Iglesia de Cristo.

Ascesis de San Felipe

  • 10. De joven Felipe vivió en su ciudad de Florencia, en un clima de intrigas políticas y de guerra por la conquista del poder. Quizá también por esto cuando partió para San Germán dejó su ciudad sin lamentos. De Florencia nunca sintió nostalgia y jamás regresó a ella.
  • 11. a) Su espíritu comenzaba a anhelar cosas más elevadas. No había apegado su corazón ni a la riqueza ni a los honores ni a la nobleza terrena. Su patria era el Cielo. No son los nacimientos los que cuentan sino la propia conducta de vida. Los santos no lo son por donde nacen, sino por cómo viven y donde mueren. Éste era en él, ya desde joven, el eco de la llamada de Jesús: «Cualquiera que no renuncie a cuanto posee, no puede ser discípulo mío» (Lc 14, 33). «Si alguno quiere venir conmigo, renuncie a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?» (Mt 16,24-26).
  • 11. b) Éstas son palabras que ciertamente Felipe habría oído muchas veces en San Marcos de los religiosos que habían dejado todo por el Señor, palabras que resonaban en su espíritu tan reflexivo. Al padre que le hace ver el árbol genealógico le explica cuán poco le interesan aquellos que son sus antepasados, lo rasga ante sus ojos: “Es mejor estar inscrito en el árbol de la vida”. Es ésta la convicción que lo acompañará toda la vida.
  • 12. a) Dos meses antes de su muerte, Clemente VIII quiso nombrarlo Cardenal, y a los consejos de Bernardino Corona de “aceptar por el bien de la Congregación”, responde lanzan­do el birrete al aire, exclamando: “¡Paraíso! ¡Paraíso!”
  • 12. b) Felipe sabía que no se puede servir a dos amos: al mundo y al Señor. Escoge al Señor y renuncia a todo lo que puede ofrecerle el mundo: riquezas, honores, dignidad, tanto civil como eclesiástica. Todo es vanidad. Sabía también que escogiendo a Cristo escogía el modo justo de amar y servir al mundo.
  • 13. a) Felipe llega a Roma sin ninguna riqueza; su verdadera riqueza está constituida por la confianza ilimitada en la Divina Providencia y por el bagaje de la virtud que lleva consigo. Así es verdaderamente libre: «No se preocupen por su vida ni de lo que van a comer… Miren, los pájaros del cielo no siembran ni guardan en graneros y su Padre los nutre. Ahora bien, ¿No valen ustedes más que ellos?» (Mt. 6, 25-26).
  • 13. b) “Sé en quien me he confiado”. La confianza en la Divina Providencia, en la pobreza y en el desinterés de las cosas materiales fueron, las guías de la sencillez de vida que Felipe practicó primero como laico y después como sacerdo­te. Su conducta en la vida, el pobre vestido que usaba -siempre con decoro y limpieza- y sus celebres zapato­nes, eran predicaciones vivientes en el ambiente romano, donde se hacía alarde de lujo y mundanidad.
  • 14. Característica eminente en la vida de San Felipe es la mortificación de la “razón”. Tocándose la frente decía que “La santidad consiste en tres dedos”. Insistía sobre este prin­cipio de vida espiritual, al que mantenía como esencial para un verdadero progreso en la perfección.
  • 14. a) Para Felipe la disciplina de la mente es más importante que la del cuerpo, porque se trata de librarse del egoísmo, el cual se basa en la fuerza argumentativa de la razón, sin destruir por esto la iniciativa personal. Se trata, por ejem­plo, de abandonar una opinión que parece bien fundada, si los otros no están de acuerdo, siempre que no se trate de casos de conciencia sino de juicios y opiniones comunes.
  • 14. b) Según San Felipe esta mortificación de la “razón” debe ser la base no sólo de la vida personal y apostólica de sus discípulos sino también de la vida “familiar y democrática” de la Congregación que él fundara.

La Virgen María en la vida de San Felipe

  • 15. Desde su infancia, San Felipe fue educado en una tierna devoción hacia la Virgen. Es simbólico el hecho de que su padre, próximo a la muerte, poseyera sólo algunos libros y dos cuadros, uno de los cuales representaba a la Virgen. Es notaría la familiaridad con la que se dirigía a Ella, como su “mamma”.

Él tiene un ánimo poético y “canta” su amor filial hacia Ella vertiéndolo sobre aquellos que están cerca: “Sean devotos de la Virgen, sé lo que les digo, sean devotos de la Virgen”.

  • 16. María es para Felipe madre y modelo de vida. De ella aprende la docilidad a la obra del Espíritu Santo. Como Ella, buscará siempre y sólo la gloria de Dios. Para él esto es, sobre todas las cosas, la Madre de Cristo, la Madre de Dios.
  • 17. En los ejercicios del Oratorio la Virgen ocupará también un lugar privilegiado: cantos, plegarias, exhortaciones. Enseña a repetir: “Virgen María, Madre de Dios, ruega a Jesús por mí”.
  • 18. Tenía una gran confianza en su intercesión. A Ella se di­rigía siempre que estaba asediado por una grave necesi­dad. A Ella fue dedicada la iglesia de su Congregación: Santa María in Vallicella. En cada altar de la iglesia quiso que hubiese una imagen de la Virgen. Y, en verdad, la Virgen estuvo siempre cerca de este hijo suyo. En su pen­última enfermedad vio que la Virgen venía a consolarlo del sufrimiento: “¿La han visto? ¿Han visto a la Virgen que ha venido a quitarme los dolores?” pregunta a su médico.

Misión de San Felipe

  • 19. El Espíritu Santo que Felipe recibe de un modo extraordinario en las catacumbas confirma y refuerza en él la decisión de darse completamente a la misión para la que Dios lo ha llamado.
A. Misión de servicio
  • 20. En tiempos de Felipe los enfermos acogidos en los hos­pitales eran asistidos por los propios parientes pero muchos o no tenían parientes o eran dejados solos. Siendo laico visita a los enfermos pobres y abandonados, provee a sus necesidades, atiende también las necesida­des más humildes: arregla las camas, los limpia, conversa con ellos, vela y conforta a los moribundos. La amabili­dad y el espíritu gozoso con el que presta el servicio transforman sus atenciones en verdadera evangelización.
  • 21. a) La necesidad de proveer para consolar tantas miserias im­pulsa a Felipe a instituir la “Confraternidad de la Santísima Trinidad”. Ésta se dedica a la asistencia de los enfermos pobres y abandonados; acoge y asiste a los peregrinos, especialmente con ocasión del Año Santo de 1550.
  • 21. b) Los miembros de esta Confraternidad se reúnen perió­dicamente; todos se dedican a las obras de caridad sin re­cibir recompensa de dinero y las actividades se sostienen con las limosnas.
  • 21. c) Para realizar este trabajo apostólico el laico Felipe encon­tró estímulo y valioso sostén en el Padre Persiano Rosa, su confesor y director espiritual.
  • 22. A los amigos y conocidos, a los jóvenes que encuentra, a los mendigos, a los que trabajan en negocios y oficinas, Felipe les habla con fervor de lo que verdaderamente vale en la vida, habla de Dios, el único que puede dar la paz al espíritu. «Se vuelve apóstol infatigable en la plaza pública»[3].
  • 23. Felipe comienza los encuentros de oración. Entre los pri­meros amigos y frecuentadores están los músicos Francisco Bernardi y Pedro Luis Palestrina; Francisco María Tarugi, después filipense; el poeta Agustín Manní y César Baronio, autor de los famosos Anales de la Historia de la Iglesia. Invita a todos al servicio de Dios: “Hermanos. ¿Cuándo co­menzamos a practicar el bien?”
B. Misión de evangelización
  • 24. Con las obras de caridad y los encuentros de oración Fe­lipe comunica los dones del Espíritu Santo que han di­latado su corazón, lleva animación humana y espiritual, hace conocer el amor de Dios por los hombres tratando fa­miliarmente la Palabra de Dios.
  • 25. En los encuentros para el trato de la Palabra de Dios y para la plegaria, hallará verdaderamente el camino para el encuentro de los hombres con Dios. En San Jerónimo de la Caridad, donde inician regularmente estos encuen­tros, surge y se desarrolla la que es su obra por excelencia: El Oratorio. Es una obra que lentamente asume dimen­siones estables y siempre más amplias, tanto que Felipe necesita colaboradores. Se origina, así, sin advertirlo, la Congregación del Oratorio. Las obras de Dios nacen y se desarrollan sin estruendo.
  • 26. Se manifiesta en este apostolado la misión de la Iglesia, de la cual están investidos todos los cristianos en razón de su Bautismo, ellos están investidos de la misión de Cristo mismo, del “sacerdocio real” del que habla San Pedro. Es la misión evangelizadora y santificadora de Cristo que de este modo se dirige a todos los hombres de buena volun­tad, en cualquier situación en que se encuentren, para que sean levadura fermentadora para toda la sociedad humana y la orienten a Cristo. Es misión que implica a laicos y sacerdotes. Es la misión de Felipe, del Oratorio, de la Congregación del Oratorio.
C. Misión secular
  • 27. a) Sorprende que en el siglo XVI, cuando la evangelización parecía ser ministerio exclusivo del clero, un laico como Felipe realice aquello que por vocación es la misión de toda la Iglesia. Se necesitarán aún cuatro siglos de refle­xión, hasta el Concilio Vaticano II, para que este carisma de los laicos sea recibido por la Iglesia.
  • 27. b) Cuando un laico comenta la Palabra de Dios -incluso si lo hace en la iglesia- se consagra, de la misma manera que el sacerdote, a las obras de Dios, actúa como sacer­dote a excepción de la administración de los sacramen­tos, y crea fuertes sospechas en la jerarquía eclesiástica, la cual, en un primer momento, lo obstaculizará y sólo consentirá sus acciones cuando vea claramente el dedo de Dios.
  • 28. a) Al servicio de la obra secular de Felipe renace y se desarro­lla la Congregación del Oratorio.
  • 28. b) San Felipe ve en el surgimiento de la Congregación la vo­luntad de Dios. Siempre afirma que jamás ha pensado fundar una congregación, que la verdadera fundadora es la Virgen.
  • 28. c) La Congregación nace como comunidad clerical al servicio de una obra secular y, por voluntad de Felipe, deberá permanecer compuesta de clero secular, distinta de la obra secular del Oratorio, pero dedicada a su promoción cultural y cristiana.
  • 29. San Felipe no estaba hecho para las cosas a medias. Quería que aquellos que desearan entrar en su Comunidad permanecieran sacerdotes seculares, pero que tuvie­sen el espíritu evangélico de los religiosos, para hacer en­tender que también el clero secular está llamado a vivir, sin reserva, las huellas de Jesús en la observancia de cuanto el mismo Jesús dice: «Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, después ven y sígueme». El ejemplo de los apóstoles es la enseñanza oficial de Jesús: han dejado todo para seguir al Maestro.
  • 30. Felipe tenía un espíritu muy libre y quería que en la do­nación a Dios estuviese siempre la libre voluntad. Por eso quiso a sus discípulos sin votos, con capacidad de poseer, para hacer obras buenas en libertad de espíritu y un ré­gimen democrático en la vida de comunidad: el Prepósito, primero entre iguales.
D. Misión portadora de alegría
  • 31. La alegría será herencia eterna para los justos, pero ya desde esta vida la presencia del Espíritu Santo comporta un gusto anticipado del Paraíso. Nuestro Santo estaba invadido del Espíritu Santo y expandía en torno a sí un intenso perfume de alegría. «El Señor ama a quien da con alegría»: en Felipe era correspondencia de amor. La suya no era alegría humana desequilibrada, era alegría sobre­natural que se albergaba sobre un terreno quizá también humanamente predispuesto; era alegría de servir al Señor; gusto por las cosas de Dios; quería comunicar este fruto de la presencia del Espíritu Santo también a los demás.
  • 32. a) La alegría es contagiosa, es la mejor disciplina para pro­gresar en el camino del espíritu, mientras que la melancolía y la tristeza no son sino obstáculos.
  • 32. b) La personalidad aguda, humorista y genial de Felipe, que refleja también la índole florentina, supera cualquier idea que se pueda hacer de su alegría: él desbordaba Espíritu Santo.

Capítulo II. El Oratorio

El Oratorio

  • 33. El Oratorio ha nacido de los encuentros y el trato familiar con la Palabra de Dios.

«Es por designio divino que se ha renovado en gran me­dida en nuestros templos, en Roma, según el modelo de las asambleas apostólicas, la edificante práctica de conversar familiarmente sobre las cosas de Dios y de comen­tar con sermones sencillos sus palabras. Ésta ha sido la obra del reverendo Padre Felipe Neri, florentino, que, como hábil arquitecto, puso los fundamentos. Se organi­zó de modo que casi cada día aquellos que deseaban la perfección cristiana acudían al Oratorio»[4].

Baronio relaciona el inicio del Oratorio con las reuniones de la comunidad cristiana primitiva.

  • 34. Como vimos en el capítulo precedente, el Oratorio tiene su origen en San Jerónimo de la Caridad, San Felipe, hecho sacerdote por invitación de su confesor Persiano Rosa, acoge a gente de cualquier condición social, primero en su estancia y después, por el creciente número de partici­pantes, en el techo de la iglesia, sobre una nave que se pre­paró como sala u Oratorio.
  • 35. a) Sus encuentros están llenos de vivacidad y de simpatía, fruto de sus dotes carismáticas: hacen pensar, interpelan, liberan y llenan de alegría y de propósitos santos a quie­nes participan.
  • 35. b) De este modo el Oratorio del Padre Felipe se vuelve un lugar de confrontación y de diálogo con sus discípulos, y el confesionario es escuela de fe y vida cristiana.
  • 36. La Congregación, o núcleo clerical presidido por Felipe, vendrá más tarde, su objetivo será el de perpetuar la obra y el funcionamiento del Oratorio, destinado a los laicos que lo componen. Los “Hermanos internos” con vida en común, estaban para el servicio de los “Hermanos externos”. Parece que el Santo jamás hubiese podido imaginar un grupo eclesiástico particular sin la función de cuidar y animar al Oratorio. «Organizó una nueva forma de apostolado, de escuela de plegaria, de ambiente fraterno, para realizar una formación cristiana y proyectarla en la vida común, hasta convertirse en levadura para transformar a la Roma de aquel tiempo, como efectivamente sucedió»[5].
  • 37. El Oratorio nació del corazón y del celo infatigable de Felipe, del encuentro del hombre necesitado de Dios. Lo había iniciado cuando era seglar, laico, con el corazón “in­flamado” de amor, peregrinando por las calles de Roma, hablando de Dios, de la fugacidad y de la vanidad del mundo. Veía tanta miseria moral, tanto sufrimiento en los pobres y en los enfermos abandonados. El protestantis­mo divulgaba una revolución. La Iglesia y Roma en particular, tenían necesidad de un apóstol. El Espíritu Santo mando a San Felipe.
  • 38. a) Típica obra filipense y específica de la Congregación del Oratorio es el Oratorio seglar, nacido en tiempos necesi­tados de una reforma radical de las costumbres, comuni­dad de cristianos abiertos a las más modernas iniciativas de caridad, pastorales, culturales, recreativas, musicales… después de haber templado el espíritu con la plegaria y los sacramentos.
  • 38. b) A través del tiempo se ha demostrado el gran provecho espiritual de los métodos y las intenciones que se propuso, de crear una verdadera comunidad cristiana, que sirvie­ra de fermento en el propio ambiente, e instruyera y for­mara agradando. Método original, en el cual el trato asiduo y familiar de la Palabra de Dios, la plegaria y el encuentro humano, llevan a la formación integral del individuo.
A. Ejercicios del Oratorio: el método
  • 39. Relata Baronio que la reunión del Oratorio comenzaba con algunos minutos de oración mental, seguida de la lectura de un texto espiritual que San Felipe explicaba. Era un “coloquio” sobre el texto, en el cual cada uno ma­nifestaba su pensamiento. Se comentaba en diálogo la vida de los Santos y los escritos de los Santos Padres. Se concluía la reunión con una invocación a la Virgen y con algún canto.
  • 40. El hecho de que Felipe encargase también a los laicos que comentaran la Palabra de Dios causó perplejidad en la autoridad eclesiástica: al Papa Paulo IV le pareció temera­rio permitir que los laicos predicasen. Pero después todo fue aclarado.
  • 41. a) «La base del Oratorio -dice Tarugi- era un grupo central y unido bajo la guía de un confesor y director. Todo lo que se pedía para formar parte de esa comunidad era la buena voluntad y una chispa de espíritu».
  • 41. b) «La gran novedad del Oratorio fue su espontaneidad y la tarea que los laicos desempeñaban… Felipe hablaba muy poco… Poseía el raro don de hacer que los otros ejercita­sen la facultad que apenas advertían tener. No daba ór­denes, salvo alguna penitencia a alguno para desinflar el egoísmo; no obstante, esto era la base del orden. El no dirigía el Oratorio, pero era la inspiración[6].
B. Trato familiar de la Palabra de Dios
  • 42. En el Oratorio, desde su inicio, lo primero era la con­versación sobre la Palabra de Dios, de un modo sencillo, en un clima familiar, donde ninguno se sintiera extraño. Se proponían hacer felices a los que los circundaban, creando un clima propicio para la acogida de la Palabra de Dios.
  • 43. Bacci asegura que, gracias a su lectura y meditación, Fe­lipe conocía profundamente las Escrituras. Las palabras de Pablo a su discípulo Timoteo, Felipe las recibía como si se las dirigieran a él para poner las en práctica: «Permanece fiel a lo que se te ha enseñado y de lo cual estás plenamen­te convencido, porque no sólo sabes bien de quien lo has recibido, sino también porque desde pequeño has conocido las Escrituras, las cuales te pueden dar la sabiduría que conduce a la salvación… Te conjuro delante de Dios y de Jesucristo… predica el Evangelio, insiste a tiempo y fuera de tiempo, reprende, amenaza, exhorta, siempre con paciencia y con plena doctrina» (2Tim 3, 14; 4. 1-2).
  • 44. El Oratorio tuvo siempre en gran estima el conocimien­to y la meditación de la Palabra de Dios y el anuncio de la buena nueva fue el principal medio de renovación de la vida cristiana. La originalidad de Felipe en el anuncio de la Palabra de Dios está en el hecho de que él no quería ser un teórico de la Biblia sino que transmitía su alma, la ex­periencia que el Espíritu Santo le sugirió. Tarugi afirma­ba: «El deber de nuestro instituto es hablar al corazón»[7].
  • 45. Se prefería la meditación de la Palabra de Dios que se volvía vida y formaba así la historia de la Iglesia: aquella encarnada y vivida por los Santos. Meditada así la Pala­bra de Dios viene en ayuda del hermano y bajo el impulso del Espíritu Santo lo hace servidor del prójimo.
  • 46. Felipe, ya anciano, sentirá nostalgia de los primeros tiem­pos, de la “ingenuidad” del Oratorio, de aquellos oratorios en los que sacerdotes y laicos poseían un fuego espontá­neo y de gran confianza, como un nuevo Pentecostés.
C. Obras de caridad
  • 47. San Felipe había comenzado su misión socorriendo a los necesitados. Con su ejemplo los hermanos del Oratorio también se dedicaban a las obras de caridad. Eran fruto de la meditación sobre la Palabra de Dios. No se puede conocer a Dios como Padre ni la fraternidad universal de los hombres sin sentir como propios los sufrimientos de los demás. Las obras de caridad significaban poner en práctica cuanto se aprendía, eran signos de conversión, eran las “palabras” que se volvían “vida”.
  • 48. Según la disponibilidad de tiempo, quizá por turno, los hermanos del Oratorio iban a hospitales, asistían a los enfermos, incluyendo las necesidades más humildes, llevaban una palabra de aliento; iban a buscar a cualquier familia necesitada llevando así testimonio de fe concreta, operante.
D. Otras prácticas
  • 49. a) Junto con Felipe, el Oratorio continuaba la práctica de la “Visita de las siete iglesias”. Era un testimonio de fe que se volvía anuncio evangélico, aun para aquellos que no frecuentaban jamás la iglesia y veían aquel original cortejo. Participaban ahí personajes de todas las categorías, pobres y ricos, gente del pueblo y dignatarios, laicos y eclesiásticos. Se oraba, se cantaba y se meditaba.
  • 49. b) Si se piensa en los tiempos en que esto se verificaba, en la Roma llena de confusión y privada de Dios, se entiende cuán grande era el valor requerido para participar en este extraño cortejo.

Aquellos momentos de manifestación de fe parecían un regreso a los tiempos en que Jesús enseñaba a la multitud, caminando con los apóstoles y muchos otros que lo seguían.

  • 50. Eran muy frecuentados lo paseos, una distracción sana que hacía respirar aire sano al cuerpo y al espíritu: “mens sana in corpore sano”, un modo de recuperar las fuerzas, de llevar paz en medio de tanta ansiedad, un modo de gozar, agradeciendo al Señor por las maravillas de que nos ha rodeado. Era la pedagogía de Felipe, que hacía conocer cuánta fuente de alegría era tener la presencia de Dios en uno mismo: “Sean alegres, basta que no cometan pecados”.
  • 51. Para que se conociera mejor la Sagrada escritura y para atraer sobre todo a los más jóvenes, San Felipe se sirvió mucho de la música. En un primer momento buscó aprovechar para tal fin los laudes y las canciones populares más antiguas, Después el Padre animó a numerosos músicos que estaban a su alrededor a producir obras específicas para cantar durante los sermones del Oratorio. Algunos años después de su muerte, en 1600, se tenía la primera obra: “Representación del Diálogo del Alma y el cuerpo” de Emilio Dei Cavalieri, el primer “Oratorio Musical”.

Capítulo III. La Congregación del Oratorio

Origen

  • 52. Después de que la estancia de Felipe no fue suficiente para acoger a todos aquellos que acudían a él, ocupó el tragaluz sobre la Iglesia de San Jerónimo de la Caridad. El bien que procuraban los ejercicios del Oratorio lo in­dujo a tener junto a sí un núcleo formado por los mejores conferencistas. La conveniencia de proveer a las necesi­dades de aquellos que eran sacerdotes lo llevó a aceptar la responsabilidad de la Parroquia de San Juan de los Florentinos, pero la dificultad que surge en los encuen­tros con los florentinos que poseían la iglesia, le sugiere la idea de tener una iglesia y un lugar para su Oratorio[8].
  • 53. a) La Congregación del Oratorio tiene su inicio oficial en 1575, con la Bula Pontificia, después de que el grupo que vivía en San Juan se hubo transferido a la Vallicella. Así, esta Comunidad salida para sostener la obra del Oratorio, habiendo tomado conciencia de que aquello era su propia naturaleza, comenzó a poner los principios de base y su constitución.
  • 53. b) La nueva Congregación se consolidó en 1583 con la trans­ferencia de San Felipe de “su nido” de San Jerónimo a la Vallicella y con la redacción de las primeras Constitucio­nes, aunque no se imprimieron. Bacci anota: «Tum primum Congregationis corpus, arctiore vinculo colligatun, totum integrum, capite cum membris coniuncto, conspici coepit»[9] [«En aquel momento, el primer cuerpo de la Congregación, ligado con un vínculo más estrecho, comenzó apercibirse como un todo íntegro, con la cabeza y los miembros»].
  • 54. Ciertamente Felipe no sentía tener ningún carisma par­ticular de fundador, pero sus discípulos vieron la necesi­dad de “perpetuar” aquel género de vida que habían ini­ciado, inspirado en el ideal que Felipe, con su estilo de vida, día tras día les indicaba.

Sociedad de Vida Apostólica

  • 55. Como hemos visto, la Congregación nació al servicio del Oratorio y para perpetuar el funcionamiento del trato familiar de la Palabra de Dios, la instrucción religiosa, la plegaria y otras actividades apostólicas y de caridad, como la visita a los enfermos en los hospitales, es decir, para dedicarse a vivir mejor la vida cristiana.
  • 56. El nuevo Código de Derecho Canónico ha incluido al Ora­torio entre las «Sociedades de Vida Apostólica», al servicio de los hombres en medio del mundo, para ser testimonio vivo del Evangelio y fermento en la sociedad y en sus estructuras, procurando el nacimiento y crecimiento de una auténtica comunidad cristiana, «luz y sal de la tierra». Éste es el fin específico y la misión de la Congregación del Oratorio.
  • 57. a) El trato y la meditación de la Palabra de Dios se hacen siempre pensando en el hombre, en su realidad concreta de todos los días, ayudándolo, amándolo.
  • 57. b) No se trata de la plegaria propia de los monjes, sino de la unión de la plegaria con la vida cotidiana, ayudando a los hombres a resolver los problemas que le fastidian, siempre a la luz de Dios.

Vida de familia

  • 58. Nuestra Congregación fue desde el inicio una familia basada en el estilo de la primera comunidad cristiana, “un solo corazón y una sola alma”. Sus miembros son todos iguales, amándose como verdaderos hermanos, no por lo que hacen o producen, sino por lo que son. Todos partici­pan y se sienten responsables de la marcha de la Congregación, poniendo a su disposición las propias dotes naturales y los dones recibidos.
  • 59. Esta “vida familiar” comporta el que se viva en la misma casa, que se coma en la misma mesa, que se hagan partícipes los demás de las propias experiencias apostólicas, que se discutan juntos los problemas y dificultades, que haya una mutua ayuda en los momentos de necesidad, que haya momentos de plegaria común, que se reúnan para la “revisión de vida familiar” (Congregación de culpas).
  • 60. En esta familia de San Felipe la escucha común de la Palabra de Dios se hace con mutua caridad, con fraterno afecto, para propiciar el diálogo recíproco en unión con Dios. Por esto es muy importante también la integración afectiva en la comunidad, la empatía con los otros, para una mutua participación en la vida común.
  • 61. Felipe no excluía de entre los suyos la amistad y la sim­patía humana, antes bien, daba la bienvenida a estas energías humanas que vuelven posible la mutua acepta­ción y la plena realización de la persona. Por esto, nues­tras comunidades no son numerosas, son “familias” en las cuales «los rostros se conocen y se aman»[10].
  • 62. Todos los miembros de la Congregación se deben sentir partícipes, con pleno título, de la “familia”, inclusive los Hermanos laicos, los cuales desde el principio formaban parte de la Congregación y gozaban del respeto de los sa­cerdotes, aunque por la mentalidad de los tiempos, no es­taban al mismo nivel. El P. Vettori[11] afirmaba que «ningún Hermano lego debía servir como criado a ningún Padre; que los Hermanos debían ser generosos en el servir libre­mente a la Congregación». Cada uno debe buscar el bien de todos, construirlo con el ejemplo y perseverar en su cumplimiento.

Vida común sin votos

  • 63. San Felipe quería que la Comunidad, que crecía bajo sus ojos, no fuese una Congregación con votos religiosos. En este punto era intransigente. “Habeant, possideant” (“Tengan, posean”) escribió en un proyecto de reglas, rec­tificando lo que venía propuesto.
  • 64. Felipe decía que quien quisiera ligarse con votos a Dios fuese a los institutos religiosos ya existentes y que pro­fesara los votos, porque los nuestros debían vivirlos en el espíritu, a través de la práctica libre y voluntaria de los consejos evangélicos. Quería que la donación a Dios no fuese determinada para siempre por una decisión tomada una vez, en ocasiones realizada contra la voluntad, sólo porque estuvieran de por medio los votos, sino que fuese una elección continua y una libre donación de la propia vida a Dios.
  • 65. a) Modificando el deseo del P. Talpa, Felipe escribía: “Que cada miembro posea y conserve sus cosas, buscando no causar altercados…” Se daba cuenta de que si un hombre renuncia a sus bienes, renuncia a su libertad: no po­dría irse si no tiene medios para mantenerse y la libertad de irse es esencial; ningún vínculo, fuera de la caridad.
  • 65. b) Pero el Santo mantuvo y enseñó con tanta insistencia el ideal del desinterés, que decía que ninguno podría considerarse verdadero discípulo si andaba en búsqueda de dinero o de honores o si usaba su dinero de manera com­petitiva o egoísta[12].
  • 66. Características de la vida filipense son: vida y plegaria en común, caridad evangélica unida a la libertad y sencillez de vida, interés en ayudar a los laicos a vivir mejor la vida cristiana.

La caridad como único vínculo

  • 67. a) «Omnia in caritate» («Todo en caridad»). La caridad es la virtud que alimenta la unión fraterna y junto con la humil­dad sostiene la vida común de los seguidores de San Felipe.
  • 67. b) El Padre Pedro Consolini[13] escribía: «Los sacerdotes de la Congregación deben gozar siempre de óptima reputación, desapegados de todo tipo de interés material, despreciadores de la propia comodidad y enemigos de la indivi­dualidad; no buscan el propio yo ni el propio honor, dedi­cados completamente a la plegaria y a la caridad… es ca­racterístico de los afiliados a la Congregación usar entre ellos un tipo de caridad más que fraterna, haciéndose fa­vores sin cuidarse de la molestia propia por la comodidad del compañero: cada uno debe sobresalir en esta forma de vida, en el contentarse sobre todo cuando alivia algún peso al prójimo y, en esencia, hacer todo aquello que corresponde a un verdadero y cordial amigo que se en­cuentra en un lugar donde reina sólo la caridad. Y esta caridad nunca es bastante, así, consuela a todos aquellos que tienen problemas ayudándoles, teniendo con todos un corazón dulce y amable; sin cuidarse, aunque esto pudiese dañar los propios intereses y comodidades, de­biendo comprar a cualquier precio esta caridad, la cual va ejercitada también con los demás prójimos, a semejan­za, lo más que se pueda, de los primeros discípulos de nuestro Santo, todos los cuales estaban amasados con la misma caridad, particularmente hacia los pobres, socorriéndoles, si había posibilidad, con limosnas, también privándose de cosas necesarias y socorriendo a sus nece­sidades como una madre hacia sus hijos, habiendo deja­do en esto tantos ejemplos nuestro Santo Padre».
  • 68. San Felipe, interrogado por un cartujo acerca de cuáles eran las reglas para su Congregación, respondió: “La ca­ridad es la única regla”. Pareció extraño al cartujo que toda una Congregación se pudiese gobernar con una sola regla. San Felipe añadió: “Ésta basta si es entendida y vi­vida bien, sea para el buen gobierno de una Congregación, sea para la santificación personal”. “Además, decía, para ser perfecto no basta obedecer y honrar a los superiores, también es necesario honrar a los iguales ya los inferiores”[14].
  • 69. La caridad entre los miembros garantiza una vida serena y sólida, es fuente de reclamo para quien se siente llama­do a darse a Dios: atrae a los externos y sirve de fermento renovador especialmente para los que están entregados al trabajo apostólico. De modo particular se necesita usar la caridad hacia los sacerdotes diocesanos, con los cuales el Oratorio, en toda su historia, ha tenido siempre óptimas relaciones. El Padre Vettori[15] escribió: «El concurrir de los sacerdotes externos para celebrar en nuestras iglesias llega a ser juzgado como deseable. Buscar disminuirlo se opondría al espíritu de la Congregación, que ha estado siempre para atraer, jamás para rechazar».

Estabilidad y responsabilidad, vocación específica

  • 70. La falta de votos o juramentos y la libre donación de cada día reclama que para ser discípulo de San Felipe se esté dotado de madurez humana y de características especí­ficas, es necesario ser «como nacidos» para la Congregación[16]. Para vivir unidos por el solo vínculo de la caridad deben poseer dones especiales de naturaleza y gracia, como personas libres que se comprometen a vivir una “vida de familia”, a vivir para siempre este estilo de vida comunitaria en la Congregación: «Los miembros del Ora­torio se dan a la Congregación con la intención de perma­necer siempre en ella, hasta la muerte, con libre volun­tad»[17].
  • 71. Una persona que entra en la Congregación y después de un noviciado de tres años decide formar parte de ella, se compromete a permanecer hasta la muerte. La Con­gregación de la que forma parte se convierte en “su casa”, en su morada estable y los miembros que la componen en “sus familiares”.
  • 72. Las Constituciones permiten el tránsito de una Congregación a otra sólo por motivos graves. Normalmente se perma­nece en la misma casa y con las mismas personas hasta la muerte. Se goza de una total estabilidad, sin las nor­males transferencias que caracterizan a los otros institutos religiosos. El Padre Faber llama a este estilo de vida “ca­rácter familiar o doméstico” de la espiritualidad Oratoriana.
  • 73. Nuestra vocación presupone una gran capacidad de ab­negación porque «quien vive a su manera no sirve para la Congregación», afirmaba el P. Consolini. Requiere una clara conciencia y un empeño constante en la vida em­prendida. Requiere una continua disponibilidad para el servicio como decía Jesús: «No he venido a ser servido sino a servir».
  • 74. a) La vida común oratoriana requiere que los miembros vivan concordes en el amor, en el proyecto de vida y en la abnegación, que es el terreno fértil donde pueden crecer todas las demás virtudes.
  • 74. b) El cardenal Newman[18], gran maestro del espíritu filipense, afirmaba: «No todos tienen el don de saber vivir en co­munidad con otros. No todas las almas santas, no todos los buenos sacerdotes seculares saben vivir en comuni­dad. Quizá son pocos los hombres capaces de esto».
  • 75. La vida filipense comporta gran apego a la “propia casa”, a la “propia familia”, aficionarse a la misma y amoldarse de buena gana, sentirse bien. Si la Comunidad se hubiese convertido en una especie de albergue adonde se va y se viene, se come y se duerme y cada uno hace lo que le parece, no sería jamás una Comunidad Filipense.
  • 76. a) Quien ama la propia Congregación persevera en la misma hasta la muerte, busca siempre su bien y el bien de sus cohermanos, el bien común: es celoso de las cosas de la Congregación: obras de apostolado, obras varias y bienes. «Aunque el Santo Padre fue desprendidísimo de todas las cosas terrenas y desease esto en los demás, quería, sin embargo, que se tuviese cuidado de las cosas de Dios»[19]. Aquello que es de la Congregación es para el uso de todos y todos deben hacer buen uso, pensando en el presente y el futuro de la misma.
  • 76. b) Quien ama de verdad a su Congregación se esfuerza en procurarle de cualquier modo la continuidad.

Autonomía

  • 77. a) Cada casa o Congregación es jurídicamente autónoma respecto de las demás[20]. El Prepósito es el Superior Mayor.
  • 77. b) Esta autonomía fue reconocida jurídicamente en 1958 mediante el Decreto de la Sagrada Congregación de Reli­giosos n. 14536/58: «Por la absoluta autonomía e inmu­nidad de jurisdicción de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri y por la ausencia de un gobierno centra­lizado, en la que no hay quien presida como Superior General…».
  • 77. c) Es una característica exclusivamente filipense, lo que da la dimensión de cuán grande ha de ser el ejercicio de la caridad para tener unidos a todos los miembros de la Co­munidad y a todas las Congregaciones entre ellas.
  • 77. d) Cada Congregación es jurídicamente autónoma y se go­bierna por sí misma, a condición de que tenga al menos tres miembros con derecho a voto, es decir que sea colegiada[21].
  • 78. Por esta autonomía, como se ha dicho, la vitalidad de cada Congregación depende de la capacidad de sus miembros de amar y dar testimonio de amor.
  • 79. Esta peculiar característica presenta, sin embargo, un lado débil: la posibilidad de extinción de una Comuni­dad por falta de miembros. Cuántas Congregaciones que eran florecientes en siglos pasados, hoy están extinguidas.
  • 80. Para buscar encauzar este peligro ha surgido, tras las in­dicaciones del Cardenal Larraona, la «Confederación» de todas las Congregaciones, de tal suerte que el Oratorio no sólo sea el conjunto de las Congregaciones Oratorianas disgregadas y al mismo tiempo desconocidas entre ellas, sino un instituto con leyes aprobadas por la Sede Apos­tólica, para promover la ayuda fraterna, pero respetando la autonomía de cada una de las comunidades; con una «Diputación Permanente» que continúa y promueve la obra del Congreso General; y un «Procurador General» que representa a la Confederación y a cada Congregación ante la Sede Apostólica y sus Dicasterios.
  • 81. En 1958, por el decreto arriba citado, la Sede Apostólica estableció asumir la vigilancia del instituto por medio de su Delegado o Visitador, electo de entre los miembros ora­torianos y confirmado por la misma Sede Apostólica. El Delegado o Visitador tiene entre otros el deber de asistir a las Casas pequeñas y procurar la colaboración entre las Congregaciones.
  • 82. Están autorizadas también las Federaciones Nacionales o lingüísticas para poder conocerse mejor y colaborar.

Originalidad del gobierno

  • 83. La Congregación del Oratorio se diferencia especialmente por la forma con que se gobierna en su vida interna. Antes de la reforma del Códice de Derecho Canónico era catalogada simplemente entre las Sociedades de Vida Común. Ahora es una «Sociedad de Vida Apostólica». Es de Derecho Pontificio. Es clerical, aunque compuesta de sacerdotes y laicos.
  • 84. Es una familia en la que, con razón, el Prepósito es lla­mado siempre simplemente: “Padre”. Los miembros son entre ellos todos “iguales”. El Prepósito es “Primero entre iguales”.
  • 85. La vida común se regula de forma colegiada y democráti­ca. Las decisiones importantes son tomadas por mayoría en asamblea plenaria llamada «Congregación General». El gobierno ordinario está confiado a la «Congregación de Diputados». Es atribuida a Tarugi la expresión: «El Oratorio es una república bien ordenada».
  • 86. EI Padre Prepósito es el guía. La virtud de la obediencia, que tanto valoraba San Felipe, se ejercita como elección personal y no en virtud de un voto. San Felipe veía en el ejercicio de la obediencia un indicador seguro para pertenecer a la Comunidad Filipense, y no aceptaba entre los suyos a quien no era obediente. Naturalmente que para obtener obediencia es necesario saber mandar. A San Carlos, que le preguntaba a Felipe como hacía para hacerse obedecer tan bien, le respondió: “Porque mando poco”.
  • 87. El Padre Angelo Saluzzi[22] solía decir: «Ya que tenemos las reglas dejadas por nuestro Santo Padre, observémoslas y esto basta… Es necesario dejar cualquier cosa para hacer un servicio a la Congregación, que es nuestra Madre, y no debe la persona tener tanto en la mira el propio gusto en las cosas que hace sino en el bien público, debiendo siempre anteponer éste al privado». En el lecho de muerte recomendaba: «…hagamos pues con alegría todo aquello que realicemos, para que con esto podamos llegar cada uno a ser un gran signo de perfección».

Capítulo IV. Espiritualidad filipense

La espiritualidad filipense

  • 88. La espiritualidad de San Felipe es «una espiritualidad sobria, ingenua, sanamente evangélica»[23].
  • 89. Decía San Agustín: «Ama y haz lo que quieras». Es a la luz de estas palabras que deberemos ver, ya sea la libertad, ya sea la necesidad de practicar la virtud. Es en el amor de Dios que se realiza nuestro fin, nuestro desarrollo, nuestra felicidad, nuestra plena libertad. El verdadero amor de Dios y del prójimo comporta la responsabilidad de vivir según sus mandamientos. Si se ama verdade­ramente a Dios no se puede querer otra cosa que lo que el manda que hagamos.

Caridad

  • 90. La caridad es la virtud que cimenta la unión fraterna, el pilar que, junto con la humildad, sostiene la vida común.
  • 91. a) En la octava advertencia dada por la Congregación de Roma a la naciente de San Severino el 20 de junio, se dice: «Cada uno recuerde siempre que esta Congregación se debe fundar en aquellos principios que gustaron tanto a Dios nuestro Señor, dados por medio de nuestro Padre Felipe al fundar y establecer la Congregación en Roma y que son la humildad y la caridad; y de estas dos virtudes hagan particular profesión más con los hechos que con las palabras; y esto quiso aquel bendito Padre que fuesen nuestros ayunos, nuestros cilicios, en lugar de tantos otros ejercicios que tienen los religiosos en la Iglesia de Dios, los cuales religiosos…»
  • 91. b) El Padre Nicolò Gigli[24] haciendo referencia a la caridad, afirmaba: «Ésta sobrepasa a todos los votos».
  • 92. De los primeros cristianos se decía: «Miren como se aman». La misma cosa testifica Gallonio[25] hablando de los primeros discípulos: «Vivían los Padres bajo el mismo techo, eran un solo corazón y una sola alma, se amaban con mutuo y ardiente amor».
  • 93. Para la buena marcha de la vida familiar comunitaria el Padre Sozzini[26] de Roma, sugería:

«Amar de corazón a todos

Excusar a todos

Hablar bien de todos

Compadecer de corazón a todos y pedir a Dios cada día por todos

No decir palabras picantes, ni por la sola muestra de ingenio

Guardarse de las antipatías y moderarlas con la virtud

Guardarse con igual diligencia de las simpatías y de las amistades particulares, aunque no es contra la caridad amarse y estimarse de corazón y acercarse a los mejo­res, de los cuales es muy útil la cercanía…

Advertir que la diversidad de pareceres no degenere en facciones…

En la recreación estar en caridad, en gozo, en paz, en paciencia

No apetecer las obras de caridad externas si antes no se cumplen las domésticas…»

  • 94. Para crecer en la caridad ayuda mucho el ejercicio de la Corrección fraterna, cumpliendo con la recomendación de Jesús, Ése es un buen incentivo para la buena mar­cha de la vida comunitaria y el progreso espiritual. Pero debe ser sólo un acto de caridad bajo la guía del Espíritu Santo, como decía el Santo Padre: “Antes de corregir, reflexione uno sobre sí mismo”[27].
  • 95. a) Toda la vida de San Felipe Neri está entretejida del amor de Dios y de caridad fraterna. Era la fuerza que lo sostenía.

«La caridad de Cristo nos urge» (2Cor 5, 14).

  • 95. b) Le escribía a su sobrina religiosa: “Concentrémonos tanto en su amor divino y entremos tan adentro en la llaga de su costado, en la fuente viva de la sabiduría del Dios hu­manado, que nos aneguemos nosotros mismos y no en­contremos jamás la ruta que nos lleve afuera”.
  • 95. c) Decía: “Quien quiere otra cosa que no sea Cristo, no sabe lo que quiere; quien busca otra cosa que no sea Cristo, no sabe lo que demanda; quien actúa y no lo hace por Cristo, no sabe lo que hace”. “Antes que cometer un pecado, qui­siera ser descuartizado o morir cruelísimamente”[28]. Este radical Cristocentrismo es un dato fundamental de la espiritualidad de San Felipe.

Humildad

  • 96. «La humildad ayuda al desapego pleno de sí mismo, de los honores y de los bienes terrenos, preserva de la contaminación del mundo e impele a la laboriosidad apostólica»[29].
  • 97. La humildad es necesaria para la oración, para un diálogo auténtico con Dios. La humildad es la actitud del «Pobre de Yahvé», que ha puesto en Él toda su confianza, esperando todo de Él. Como San Felipe, quien repetía: “Como Tú sabes y quieres, así haz conmigo, oh Señor”. Es libe­ración de los lazos de egoísmo y fuente de alegría y reco­nocimiento de los dones del Señor.
  • 98. La humildad no es infantilismo o fuga de la responsabi­lidad, es disponibilidad para aprender a aceptarse y tener confianza en Dios.
  • 99. La humildad es fuente de caridad, extirpa la hierba mala del orgullo y del deseo de mostrarse uno mismo; ayuda la integración afectiva y efectiva en la comunidad en la que se vive, es un eficaz alimento de lo sobrenatural, comporta equilibrio y serenidad interior.
  • 100. La humildad requiere abnegación y olvido de sí mismo, dispone al servicio y a la obediencia, como Jesús que «se anonadó haciéndose obediente hasta la muerte de cruz» (Cfr. Fil 2, 8).
  • 101. a) Así entendió y vivió la humildad nuestro Santo Padre, quien estimaba como vanidad todo aquello que no era amor de Dios y que no llevaba a lo mismo.
  • 101. b) Es notorio su intenso y agudo espíritu de observación, su buen humor, su sabia ironía que lo llevaba a reírse de sí mismo y hollar el respeto humano.
  • 101. c) Era como despojarse de todos esos oropeles que desfiguran la sencillez profunda del ser humano.

El Padre Consolini amonestaba: «Ninguno puede decirse verdadero hijo de San Felipe si no es humilde».

  • 102. a) Es famosísimo el dicho de San Felipe: “Sean humildes, abájense”. Repetía el aforismo que se atribuye a San Bernardo: «Despreciar al mundo, no despreciar a nadie, despreciarse a sí mismo, no despreciar al ser desprecia­do», cuatro máximas para llegar a la perfección[30].
  • 102. b) “Decía a sus hijos que sobre todo fueran humildísimos… y que no se excusasen en: uno que quiere volverse santo necesita no excusarse jamás”. Solía llamar a aquellos que se excusaban: “Señora Eva”. Decía que “el hombre debía buscar saber, pero no mostrarlo, no envanecerse”. Decía también que “cuando la persona había cometido cualquier falta y era corregida, debía reconocer que había come­tido la falta por soberbia y, con toda humildad y alegría, recibir la corrección y no estar melancólico y amargado, porque era peor aquella amargura que la falta cometida”. Decía también que “no se pidiera al Señor trabajos o ten­taciones presumiendo de poder soportarlos, sino pedir, con todo afecto, gracia y fuerza para poder soportar ale­gremente todo aquello que el Señor quisiera mandar”. Solía decir que “no se debía jamás prometer al buen Jesús algo bueno de sí mismo”, por lo que exhortaba a decir con frecuencia: “Señor mío, no esperes de mí sino males”. Cada día decía al Señor: “Cuídate de mí hoy porque te trai­cionaré y haré todo el mal del mundo si Tú no me ayudas”. “Cualquiera que no puede soportar la pérdida de su honor y de su fama, no progresará en la vida espiritual”.
  • 103. a) San Felipe exhortaba a huir de la “distinción”, del hacerse ver o del mostrar ser mejor que los demás. Exhortaba a la sencillez en el actuar, en el vestir, en el uso de las cosas.
  • 103. b) El Padre Consolini escribía: «Los sacerdotes del Oratorio vivan en santa paz, sin cuidar el propio juicio y la propia opinión… obedientes a la más pequeña señal del Supe­rior, dependiendo de él con todo el corazón y si externa­mente deben dar buen ejemplo, no menos deben procurar interiormente el ser más que el parecer».

Mortificación

  • 104. a) San Felipe afirmaba: “Donde no hay mortificación no puede haber una gran santidad”[31]. “La santidad del hombre está en el espacio de tres dedos”, decía, tocándose la frente[32]. “Vale más que los ayunos, disciplinas y mortificaciones corporales, el amar a Dios y mortificar la razón”[33].
  • 104. b) El Padre Alejandro Fedeli[34] dice que «el Padre entiende (por ‘razón’) el que un sujeto de la Congregación debe contenerse, vencer los propios afectos, domar las pasiones, no hacer jamás nada de lo que tenga ganas de hacer sin la obediencia»[35].
  • 104. c) «La perfección está en humillar la cabeza, en sujetar el juicio… Hijitos, repetía, mortifíquense en las cosas pe­queñas para poder después mortificarse más fácilmente en las grandes»[36]. «Decía también que se huyese de hablar de sí mismo, máxime en el bien, ni en broma ni en serio, y que se buscase no mostrarse a sí mismo… Exhortaba a la paciencia en los trabajos y en la enfermedad, porque Dios manda después el consuelo. Si huyes de una cruz que el Señor te manda, encontrarás otra mayor»[37].
  • 105. a) La mortificación no es el placer por sufrir sino que es el control de sí mismo ‘por el Reino de los Cielos’. La per­severancia en la virtud depende mucho del espíritu de mortificación, que es la hija de la virtud cardinal de la prudencia. Es moderación, es un óptimo criterio para escoger lo que vale más para la vida eterna. San Felipe decía: “Si tienes que hacer excesos hazlos en ser manso y paciente, humilde y caritativo, que estas cosas son buenas por sí mismas”[38].
  • 105. b) «Si alguno acaba de venir del mundo para llevar en la Congregación una vida verdaderamente cristiana, estando lleno de buena voluntad, pero al entrar ve ejemplos de negligencia, descuido, ociosidad, locuacidad, irrisión, trivialidad, maledicencia, oye alabar la riqueza y no oye que se reproche a los que privados de espíritu ambicio­nan las cosas terrestres y estiman los honores humanos y aspiran a las dignidades de la Iglesia y portan vestidos de lujo y sonríen al lenguaje soez, sufre una ofensa y se vuelve en la Congregación peor de como era en el mundo»[39].

Libertad de espíritu

  • 106. a) Es famosa la “libertad” de San Felipe. Ésta forma parte integrante del “espíritu filipense”. Es la auténtica libertad de los hijos de Dios, en cuanto don del Espíritu Santo: «La verdad los hará libres» (Jn 8, 31). Ejercitamos la verda­dera libertad cuando actuamos en la verdad, bajo el in­flujo del Espíritu y en el amor que Él nos da.
  • 106. b) «La libertad, prerrogativa de la persona madura y res­ponsable, excluye la sumisión servil, incapaz de una elec­ción autónoma. Se desarrolla en una conciencia recta y decidida, como la que se forma en la confrontación coti­diana con la Palabra de Dios, en la serena conversación del diálogo comunitario, en el iluminarse y corregirse fraternalmente. No se debe confundir con la anarquía, con el capricho egocéntrico, natural en el adolescente, o con la defensa de los propios intereses, natural en el ‘hombre viejo’. “Quae sua quaerunt” (“Buscan las cosas que son suyas”).

En la vida comunitaria de las Congregaciones, la liber­tad se vuelve corresponsabilidad y servicio cordial a los hermanos con dedicación desinteresada fuera de con­frontaciones banales internas»[40].

  • 107. Esta característica del espíritu filipense es evidenciada por Mons. Baudrillart en el prefacio del libro de Ponnelle­-Bordet: «El espíritu de la doctrina de San Felipe consis­te en permitir que cada uno esté cómodo, como en su casa; en no reprimir, en dejar que cada uno, dentro de los lími­tes permitidos, pueda manifestar la originalidad de su pensamiento y de su manera de ser; en complacerse de la diversidad no menos que de la unidad, en el respeto es­crupuloso de la espontaneidad del alma».
  • 108. a) La libertad es fruto de la presencia del Espíritu Santo. San Pablo habla de la libertad como fruto de la presencia del Espíritu (Cfr. Gal 5) y del amor de Dios, del cual nadie nos puede separar. Esto ha sucedido también en San Felipe. Fue un hombre del Espíritu Santo. Abrió el corazón al Es­píritu con una experiencia mística insólita, de tal manera que «se movía naturalmente en lo sobrenatural» (Bouyer).
  • 108. b) Era «un modo muy personal, casi ingenuo, de estar frente a Dios para hablarle y desplegarse ante Él; un encanto irresistible y una afabilidad en la conducta, una fantasía que causaba admiración y conducía a la reflexión, una ternura alegre y acogedora, una ingeniosa afabilidad y libertad de espíritu»[41].
  • 109. Era notable el hecho de que San Felipe estuviese permeado al Espíritu Santo y a Sus dones: tanto, que a menudo debía ‘distraerse’ para celebrar la Misa y, en otros mo­mentos, debía casi defenderse de la contemplación y de los peligros del éxtasis.
  • 110. a) A veces las estructuras pueden coartar la acción del Es­píritu. «Es mejor obedecer a Dios que a los hombres» (Hch 5, 29) re­petiría San Pedro.
  • 110. b) Las instituciones son legítimas y también necesarias, pero San Felipe pensaba que bastaba una organización ‘mínima’, llena del Espíritu. «Que el cuerpo sea el mínimo indispensable para dar voz al alma, que la institución sea permeable al carisma y al espíritu profético»[42].
  • 110. c) «Sólo el Espíritu puede crear en nosotros una unión de los diversos componentes de nuestra espiritualidad. Si el Espíritu Santo no lo iluminase, la alegría que lo distingue se convertiría en una irreflexión frívola, la secularidad en concesión de frente al mundo, permisividad o mundanidad, la libertad en dispersión anárquica»[43].
  • 111. a) El tipo de vida del Oratorio, basado en la libre elección de “esta familia”, concede amplio margen a la autonomía per­sonal para la plena realización según el designio de Dios, potenciando sin embargo la virtud y los carismas de cada uno para el bien común.
  • 111. b) La libertad creadora y la autonomía gratificante deben estar fundadas en el deseo real y eficaz de un continuo esfuerzo hacia Dios.

Alegría

  • 112. La alegría forma parte de la herencia típica de San Felipe y queda como una de las notas más características de la vida de la Comunidad Filipense. Todos recuerdan así a San Felipe: alegre, contento, extravagante, impredecible en sus bromas. En este tiempo, en este mundo demasia­do invadido de preocupaciones, los filipenses están lla­mados a llevar alegría, gozo, así como certeza del amor de Dios, a servir al Señor con alegría.
  • 113. La alegría es contagiosa y es un signo de la paz con Dios, con uno mismo y con los demás. Con la alegría se alimenta la caridad y la vida comunitaria. La broma, tan amada por San Felipe, la burla inocente, el chascarrillo simpático distraen el ánimo cansado y lo renuevan. El Cardenal Valier[44], para ilustrar a San Felipe, intituló su poema corto: «Philippus, sive de laetitia christiana» («Felipe, o de la alegría cristiana»).
  • 114. En la alegría nace el espíritu, optimista, el placer sano, purificador y constructivo. El mismo Cardenal Valier pone en boca de San Felipe: “La alegría verdadera e íntima es un don de Dios, efecto de la buena conciencia, del desprecio de la vanidad externa, de la contemplación de la verdad altísima”.

Felipe decía: “es más fácil guiar por el camino del espíritu a las personas alegres que a las melancólicas”[45]. Repetía: “Escrúpulos y melancolía, fuera de la casa mía”. Tenía una atenta predilección por los jóvenes: “Felices ustedes los jóvenes que tienen tiempo para hacer el bien”. “Estén alegres, pero no pequen”. “Estén firmes, si pueden”. En él encontramos una excepcional libertad de palabra que lo llevaba a una inteligente, provocadora y estimulante ironía, sin humillar, que le ha hecho recibir el título de “Sócrates”[46].

  • 115. Éste parece ser el sentido de muchos de sus gestos ex­travagantes que pasaron a la historia. Es la alegría que se vuelve sencillez y pobreza interior, quitando importancia a la actividad o proyectos ‘muy serios’, como para decir:

“Sólo uno es el bueno, sólo uno es santo y altísimo: adó­renlo a Él”.

Decía: “Deléitense en la vida común, huyan de toda sin­gularidad, atiendan a la pureza de corazón, porque el Espíritu Santo habita en mentes cándidas y sencillas y Él es el Maestro de la oración que hace siempre estar en continua paz y alegría, que es la pregustación del Pa­raíso”[47].

Pobreza

  • 116. Jesús advierte: «Cualquiera que no renuncie a cuanto posee, no puede ser mi discípulo». (Lc 14, 33)

El desapego de las cosas de este mundo y la pobreza son como los compañeros de viaje de las otras virtudes. San Felipe demostró siempre una gran libertad y desinterés por las cosas terrenas y una confianza incondicional en la Divina Providencia. Sus discípulos debían ser solidarios con los que deben ganarse el pan con el sudor de la frente. La pobreza evangélica no debe estar separada del empeño cotidiano ni del trabajo. El trabajo, en efecto, es la primera forma de solidaridad y de pobreza.

  • 117. El desapego del afecto a todo lo que el hombre posee es necesario en todo cristiano. Tanto más lo es para quien ha escogido como porción y herencia al Señor.

En el Oratorio no hay voto de pobreza. San Felipe decía a los suyos también que poseyeran, pero quería que vivie­sen el espíritu evangélico.

  • 118. La pobreza es fuente de felicidad y es garantía de vida eterna (Mt 5, 3). Comprende la sobriedad en el uso de los bienes, el desapego del corazón y la seguridad puesta en Dios, que es Padre y quien «llena a los pobres de bienes y a los ricos despide con las ‘manos vacías’» (Lc 1, 53) Nuestras Constituciones recomiendan cumplir obras buenas en favor de la Congregación y de los necesitados con cuanto se tenga, y liberarse del espíritu de avaricia no acumulando nada.
  • 118. a) Es significativo el ejemplo ofrecido por el Santo Padre a lo largo de toda su vida al vender hasta sus libros y recha­zar los dones conspicuos de una herencia; si aceptó alguna cosa fue para la Iglesia y los pobres. En la conclusión de su testamento del 02 de Octubre de 1581 escribía: “…teniendo siempre fijo esto en la mente, y sólo esto, que lo que más me turba y es para mí motivo de temor, es el que para su estado, para su paz y para su progreso espiritual, son a veces portadoras de mayor impedimento las muchas riqueza que la pobreza… por las preocupaciones que comportan relajamiento”[48].
  • 118. b) El Santo Padre Felipe decía también: “dejen en paz los bienes si quieren ganar almas; ganar almas y ganar bie­nes no se puede”[49].
  • 118. c) San Pablo advierte que la codicia es la raíz de todos los males (1 Tim 6, 9). Decía San Felipe: “Dios no dejará de darles bienes, pero estén atentos para que cuando tengan los bienes no les falte el espíritu… Si andan tras los bienes y quieren dinero no los cuidará, porque tenerlo sin la de­bida precaución vuelve al hombre incapaz de espíritu”[50].

“Denme diez personas desapegadas y me siento con esto capaz de convertir al mundo”[51].

  • 118. d) Felipe escribía a su sobrina religiosa, Ana María Trievi:

«Para la adquisición del amor de Dios no hay mas verdadera y breve ruta que desapegarse del amor a las cosas, aunque sean pequeñas y de poca importancia, y del amor así mismo, amando en nosotros más el querer el servicio de Dios que nuestra satisfacción y gusto”[52].

  • 118. e) EI Padre Marciani[53] afirmaba que San Felipe «no habría jamás reconocido como hijos suyos a los que de entre los miembros de la Congregación hubieran andado tras de los bienes».
  • 118. f) En definitiva, la pobreza para San Felipe es poder decir con San Pablo: «He aprendido a estar contento en las con­diciones en que me encuentre… a estar en la abundan­cia como en la penuria» (Fil 4, 11-12).

Trabajo

  • 119. Es la primera manera de vivir la pobreza en el Oratorio.

Los miembros de la Congregación viven del propio trabajo, «militant propriis stipendis», viven a su propia costa…[54] También el trabajo se vuelve un medio de santificación cuando es entendido como vía para realizar la voluntad de Dios, de quien todo proviene. El trabajo es plegaria, cuando se le hace por amor a Dios; cualquier trabajo, aún el más humilde. Los trabajos más humildes eran los pre­dilectos de San Felipe.

  • 119. a) Un día, Felipe, viendo que un Padre prolongaba mucho la práctica de la piedad mientras otros trabajos manuales urgían, le mandó a un hermano con un delantal y me­tiéndoselo por el cuello le decía: “Conviene también traba­jar dejando a Dios por Dios”.

«Exhortaba a sus hijos espirituales a huir, como de algo apestoso, del ocio, y por esto, cuando alguno de sus hijos espirituales estaba con el Beato Padre, lo ponía a hacer cualquier cosa manual, como enhebrar coronas, mover cajas, barrer la estancia, arreglar la cama o cosas semejantes, o bien leer algún libro espiritual o vidas de Santos y exhortaba a hacer cualquier cosa, a no estar jamás en el ocio»[55].

  • 119. b) Los Padres antiguos enseñaban que la perseverancia im­plica estos tres trabajos: la Iglesia (administración de los sacramentos, especialmente la Confesión, el culto divino, la predicación): la celda (recogimiento y oración vocal y mental personal), y los oficios, esto es, la aplicación pre­surosa a los quehaceres de la Congregación.

Castidad

  • 120. «La castidad es citada por San Pablo entre los frutos del Espíritu. Se debe vivir como la libertad del corazón, dándose sin reserva al señor, no como desprecio de una realidad humana querida por Dios y santificada por la gracia. La castidad es la anticipación del Reino que anhela la totalidad del amor y la disponibilidad para una amistad serena y positiva, riqueza espiritual que remedia todas las posibles desviaciones de egoísmo o de inmadurez»[56]. San Felipe «exhortaba a huir de toda clase de singulari­dad y de querer mostrarse como ser o hacer más que los otros», sabiendo que la humildad es indispensable para conservar la pureza.

Decía: “Atiéndase a la pureza del corazón porque el Espíritu Santo habita en las almas cándidas y sencillas. Las tentaciones carnales se deben temer y huir de ellas como de la enfermedad, en la vejez misma, y mientras se puedan abrir y cerrar los parpados, porque el espíritu de incontinencia no perdona lugar ni tiempo ni persona”[57].

Repetía «“Cuídense los jóvenes de la carne y los viejos de la avaricia. Las tentaciones de la carne se vencen mejor huyendo que combatiendo. Tener compasión de quien cae ayuda a no caer. Tener siempre miedo y no fiarse jamás de sí mismo”. Decía también “que le agradaba más una perso­na tentada en la carne y que huyese de la ocasión que una persona que no fuese tentada y no huyera de la ocasión”. Y proponía cinco remedios: “huir de la ocasión, no alimen­tar delicadamente el cuerpo, huir del ocio, frecuentar la oración y frecuentar Confesión y la Santísima Eucaristía”»[58].

Obediencia

  • 121. La obediencia es la única ley impuesta por Dios para el orden universal de las cosas, para su conservación[59]. El cosmos obedece el orden divino. El hombre, para dar mayor gloria a Dios, está llamado a hacerlo con plena libertad.

No hay mayor expresión de libertad que seguir el proyec­to de Dios, dado que el hombre la ha recibido para poder escoger personalmente aquello que corresponde para su mayor beneficio. («¡La verdad los hará libres!») Y la obe­diencia lo libera de la esclavitud de la debilidad humana, sujeta al error.

  • 122. También la Congregación Filipense puede ser contem­plada en el gran proyecto de la creación, donde varios componentes se completan entre ellos y todo va bien cuando todo es orden, es ‘obediencia’.

Decía el Beato Valfré: «La obediencia es el mapa para na­vegar hacia las playas de la perfección y hacia el puerto de la feliz eternidad»[60].

El P. Consolini afirmaba: «No será jamás santo quien no es obediente»[61].

  • 123. La obediencia nace de la virtud de la humildad más que del conocimiento de los propios límites, de la pobreza y de la necesidad de ayuda. A veces es fatigoso obedecer porque comporta renuncia de las propias perspectivas, del propio egoísmo.

San Felipe decía que la obediencia es “el verdadero ho­locausto que se sacrifica a Dios sobre el altar de nuestro corazón es un camino compendiado para llegar rápida­mente a la perfección; es de mayor estima uno que vive bajo obediencia una vida ordinaria que otro que hace pe­nitencia por propia voluntad; quien huye de una tribula­ción le viene otra, quien huye de la escarcha le cae la nieve encima y quien huye del oso se encuentra con el león»[62].

  • 124. La obediencia configura a Cristo, obediente hasta la muerte. «Deseaba en sus hijos espirituales una obediencia prontísima y solía decir que no bastaba hacer lo que la obediencia mandaba sino que era necesario hacerla sin discurrir y tener por cierto que aquello que la obediencia mandaba era la mejor cosa, la más perfecta que se pueda encontrar aunque parezca o sea lo contrario. Decía a menudo a sus hijos espirituales, y en particular a los de casa, que fuesen prontos para la obediencia, que dejasen cualquier actividad por las cosas comunes, incluso la oración o cualquier cosa que pareciese mejor»[63].

Cualquier condición de vida, cualquier vida social requie­re obediencia, obediencia a las leyes, a las disposiciones…

  • 125. También la proverbial “libertad filipense” reclama obe­diencia. El P. Tarugi[64] repetía: «Los de la Congregación, aunque no están ligados por el voto de obediencia, están ligados libremente a vivir la obediencia».

Las Constituciones filipenses recomiendan no comprome­terse en obras externas que requieran la ausencia de la vida común, y en la aceptación de ministerios externos se está invitado a la obediencia[65].

  • 126. La obediencia es la mejor preparación para asumir pues­tos de responsabilidad. Es conocido el dicho: «para saber mandar es necesario saber obedecer».

Capítulo V. Medios de perfección

El oratorio: lugar de oración

1. Trato familiar de la Palabra de Dios
  • 127. a) El Concilio Vaticano II da las orientaciones para una re­novación de la vida cristiana auténtica: la devoción que lleva a Cristo reclama la escucha asidua de la Palabra de Dios, la oración litúrgica, el seguimiento de Cristo en la fe y el amor y en las obras de evangelización.
  • 127. b) Como los discípulos de Emaús, en el camino con Cristo, debemos ponemos a la escucha de las Sagradas Escrituras, meditarlas profundamente. Éstas siempre hacen conocer más a Cristo. San Jerónimo amonestaba: «La ignorancia de la Escritura es ignorancia de Cristo» (Com. a Isaías).
  • 127. c) «Por esto es necesario que todos los clérigos, principalmen­te los sacerdotes y cuantos atienden legítimamente al ministerio de la palabra, como los diáconos o los cate­quistas, mantengan un trato continuo con la Escritura, mediante la sagrada lectura y el estudio esmerado, a fin de que “no se vuelvan vanos predicadores de la palabra de Dios hacia afuera aquellos que no la escuchan en su in­terior” (San Agustín, Serm. 179) cuando deben participar a los fieles que se les ha confiado la sobreabundante riqueza de la Palabra divina, especialmente en la Sagrada Liturgia»[66].
  • 128. Desde los orígenes el Oratorio se distinguía por el carac­terístico y especial diálogo sobre la Palabra de Dios, ejer­cido de modo familiar, sencillo, objetivo, adherido a la vida concreta de cada día. Palabra meditada en el Espíritu Santo, asiduamente invocado. Se daba gran importancia también a la lectura comentada de la vida de los Santos.
  • 128. a) Para San Felipe éste era el principal medio de renovación de la vida cristiana: anuncio de la Buena Nueva, hecho con palabras comprensibles para todos, en ‘intimidad fa­miliar’, entre personas ávidas de verdad. No amaba los sermones grandilocuentes ni el púlpito, amaba el diálogo fraterno.
  • 128. b) Este estilo original para los tiempos de Felipe continúa siendo el medio de evangelización característico del Ora­torio. La conciencia encarnada de la Palabra de Dios transforma la vida ‘en común’ en ‘comunión de vida’.
  • 128. c) El Padre Manni[67] decía que para San Felipe: «Oír cotidianamente la Palabra de Dios compensaba los ayunos, el silencio, las vigilias, el salmodiar de los monjes, porque la escucha atenta de la Palabra de Dios era como cumplir con estos ejercicios».

El Padre Talpa[68] en 1613 escribía: «El Instituto del Orato­rio consiste principalmente en anunciar cada día la Pa­labra de Dios de modo sencillo y familiar».

  • 128. d) El Oratorio propone el trato sapiencial de la Palabra de Dios, encarnada en la historia de la Iglesia, en los escritos de los Padres y en la vida de los Santos, de manera que fa­vorezca el crecimiento en cada uno hacia la madurez cristiana.
2. Oración
  • 129. El Concilio Vaticano II dice: «Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que pueda desarrollarse el diálogo de Dios con el hombre, pues “cuando oramos hablamos con Dios y cuando lee­mos sus palabras lo escuchamos”» (San Ambrosio, De oficiis ministrorum)[69].
  • 129. a) Para San Felipe no se trataba sólo de estudiar la Pala­bra de Dios “como lo hacen los profesores de la Sorbona”, sino de meditarla a solas y en comunión fraterna, de dar nuestra respuesta en la oración y ponerla en práctica. Afirmaba: “El hombre sin oración es un animal sin dis­curso. No hay cosa que tema tanto el demonio y que busque impedir más, que la oración. Cuando tengo tiem­po para hacer la oración a Dios, espero obtener cualquier gracia que le pido”[70]. También decía: “Lo poco que se tenga de devoción que no se deje jamás, porque, decía, si el de­monio ve que lo deja una vez, fácilmente ve que lo hará dejar otra y después otra y se volverá una cosa de nada”[71]. «Para mayor provecho y para que una persona no se fas­tidie, enseñaba a elevarse a Dios varias veces al día con cualquier oración jaculatoria»[72]. Decía que “una de las cosas que gozaba en la vida del espíritu y para hacer ora­ción era leer a menudo la vida de los Santos. Exhorta­ba a la perseverancia en la oración diciendo que la per­sona no debía ni por los fantasmas que vinieran en la oración ni por cualquier tentación, dejar de hacerla, sino, soportar cualquier cosa con paciencia, porque el Señor concede en un momento lo que no se ha podido obtener en diez años”[73].
  • 129. b) El Padre Mario Sozzini, cerca de la muerte, requerido para que dejara un recuerdo, recomendaba: «En tanto la Con­gregación del Oratorio frecuente la oración, será Congre­gación y se mantendrá el espíritu».
  • 130. La oración y la meditación de la Palabra de Dios han tenido siempre el primer lugar en el Oratorio que es ‘lugar de oración’ por antonomasia y escuela de oración.

Frecuencia de los sacramentos: Eucaristía y Reconciliación

l. Eucaristía
  • 131. La Eucaristía era el tesoro de Felipe. Es conocido el fervor con que celebraba la Santa Misa y los temblores de amor que a menudo sacudían su persona.

Exhortaba a los suyos a celebrar cada día. “Decía que cometían un gran error los sacerdotes que, pudiendo, no celebraban cada día y que se equivocaban los que pedían permiso para no celebrar diario con la excusa de recrearse, diciendo que aquellos que buscan consuelo fuera de su lugar buscan su daño, y que aquel que quiere ser sabio sin la verdadera sabiduría o bien sin el Salvador, ese indivi­duo no está sano sino enfermo y no es sabio sino loco”[74].

  • 132. La mejor preparación para la Celebración Eucarística es una vida santa, «vivir de tal manera que en cualquier mo­mento, en lo que respecta a la conciencia, se pueda decir Misa y comulgar».

El Padre Angelo Velli[75] decía: «Es necesario decir Misa como si el hombre, terminada esta oración, de pronto tu­viese que morir».

  • 133. La Eucaristía es el culmen de la vida cristiana, es fuente de amor y de unidad. No se puede ser una verdadera co­munidad cristiana sin la Eucaristía. Es el alimento nece­sario para estar con Cristo y sus evangelizadores.
  • 133. a) El culto a la Eucaristía y el amor a la Liturgia son siempre prerrogativa filipense, porque la Liturgia es el catecismo práctico, es la escuela de fe y de amor, expresión de la vida de la comunidad cristiana.
  • 133. b) Es de todos conocida la devoción de San Felipe por la Eu­caristía, pasando horas y horas en adoración delante del Tabernáculo, es conocido cuánto promovió la adoración pública, especialmente aquella solemne de las Cuarenta horas.
2. Reconciliación
  • 134. Tanto la administración del Sacramento de la Reconci­liación como la Confesión frecuente, en la mente y en la práctica de San Felipe, eran, no sólo el medio para librar del pecado y recuperar la paz de la conciencia, sino sobre todo, un medio para caminar hacia la perfección. Estaba de tal manera lleno del Espíritu Santo que parecía como una necesidad natural el comunicado a los demás dis­pensando la misericordia de Dios y con el coloquio espi­ritual. Este particular carisma lo hacía ser incansable, de día y de noche. Su recámara siempre estaba disponible para todos; cuantos recurrían a él recuperaban la paz y el deseo de vida cristiana.
  • 135. El ministerio de la reconciliación y de la dirección espiri­tual ha sido siempre una característica y una práctica tra­dicional filipense.

El padre Angelo Saluzzi[76] refiriéndose a la asiduidad de los sacerdotes Filipenses al confesionario decía: «Es ne­cesario que esté en la tienda quien quiera ganar».
San Felipe exhortaba a orar para encontrar un confesor y un padre espiritual estable. “El demonio, decía, tiene miedo del Padre espiritual”. Recomendaba mostrarse al Padre espiritual con libertad, sinceridad y sencillez “El diablo no se vence mejor (siendo soberbísimo) que con la humildad y descubrir los propios pecados y tentaciones al confesor”[77]. “No fiarse jamás de sí mismo, sino aconsejarse siempre del Padre espiritual y encomendarse a la oración de todos”[78].

Devoción a María

  • 136. Ya habíamos considerado la importancia de la presencia de María en el camino espiritual de San Felipe. El Oratorio ha heredado de él una devoción particular por la Santa Virgen, como lo testifican también nuestras iglesias. Nuestro Santo Padre se dirigía a ella con las expresiones más tiernas, más dulces. Siempre afirmaba que la Virgen era la verdadera fundadora del Oratorio. Recomendaba a los suyos la devoción a la Señora como medio esencial de ascesis espiritual: “Sean devotos, hijos míos, de la Virgen, sean devotos de María, sé lo que les digo”. “Sepan hijitos, y créanme a mí que lo sé, que no hay medio más poderoso para obtener gracia de Dios que la Virgen Santísima”[79]. “Para poder comenzar y perseverar en la vida del espíritu, para llegar más expeditamente a la perfección, decía el Beato Padre, que era necesaria la devoción a la devotísima Virgen”[80].

Recomendaba la recitación cotidiana del santo rosario. Había compuesto también una corona de jaculatorias: “Virgen y Madre. Madre y Virgen – Virgen María, Madre de Dios, ruega a Jesús por mí”. “y pedía a todos con grandí­simo afecto y abundancia de lágrimas, que recitasen por amor a ella cada día aquella corona… porque con ésta se dicen los títulos más bellos de María”[81].

  • 137. La Iglesia venera a María como «Signun Ecclesiae», como figura de la Iglesia, la invoca como Madre y la propone a todos los cristianos como modelo, mientras asegura su poderosa intercesión. Ella corresponde y colabora con prontitud y dedicación total a la iniciativa divina de sal­vación. Ella, la primera y más fiel “escuchadora” de la Pa­labra «Verbum Dei». Ella que supo con su “Fiat” acoger y encarnar, con intenso afecto materno y con total docili­dad la acción del Espíritu Santo, al que es «Camino, Verdad y Vida».

Estudio de la Sagrada Escritura y predicación

  • 138. El estudio es esencial para la formación permanente de todos, para la predicación y para el apostolado: especialmente el estudio de la Sagrada Escritura. El Santo Padre, hablando de los estudios decía que los mejores y más útiles libros para aprender. “eran los que comenzaban con la ‘S’, es decir, libros de Santos, como San Agustín, San Gregorio, San Bernardo, etc.”[82].

El P. Talpa escribía: «Los medios con los cuales la Con­gregación intenta conseguir el fin de procurar la salud de las almas y del prójimo, son tres principalmente: el pri­mero es la bondad y la ejemplaridad de vida; el segundo medio es el culto divino y de todos los ejercicios que le per­tenecen; el tercero es un exacto conocimiento de la doctrina cristiana, la cual ha de servir para los siguientes ejercicios:

  • a) Para el Oratorio:
  • b) Para la predicación y enseñanza de la Sagrada Escritura para instrucción del pueblo;
  • c) Para la administración del Santísimo Sacramento».
  • 139. Predicación. Desde los inicios del Oratorio la predicación ha sido la principal forma de apostolado. Sin embargo, con un estilo propio, familiar, que deleite más al corazón que a la mente, dirigida con preferencia al grupo más que a la masa. Podemos afirmar que Felipe con su método creó una verdadera escuela en el ambiente de la Roma del Renacimiento, donde los oradores eclesiásticos rivaliza­ban con los clásicos paganos.

El Santo enseñaba que para predicar era necesario prime­ro hacer mucha oración, dar mucha importancia a la práctica de la virtud, tener recta intención en el estudio y recorrer frecuentemente los ejemplos tomados de la vida de la Iglesia y de los Santos.

Decía el P. Álvarez[83] «Doctrina y espíritu (preparación y oración) son como Martha y María, porque deben ayudarse mutuamente».

El P. Juliano Giustiniani[84] solía decir que un «sacerdote de la Congregación debía morir sobre uno de estos tres leños: “la peana del altar, el confesionario o la silla del estudio”».

Capítulo VI. El Oratorio. Actualidad de su presencia en el mundo

Actualidad

  • 140. San Felipe comenzó a predicar el Evangelio como laico. Lo predicó en Roma, especialmente en los lugares laicos: la calle, las plazas, los jardines. Lo predicó mediante gestos sencillos, cotidianos, laicos. Como laico tuvo, en 1544, el gran don del Espíritu Santo durante una ‘noche de fuego’, su Pentecostés. Se dirigía sobre todo a los laicos y los adiestraba para expresarse en las reuniones del Ora­torio, a hablar del Evangelio, de Jesús.

Hecho sacerdote no interrumpe jamás esta capacidad suya de acoger a los laicos, los jóvenes sobre todo (“Felices ustedes los jóvenes que tienen tiempo para hacer el bien”), de entenderlos, de hacerse entender por ellos.

Fundó una comunidad que se vuelve presbiteral, pero para el interior del Oratorio secular, para su servicio, para ayudar prácticamente a los laicos a que vivan el sacerdo­cio derivado de su Bautismo y su ser misionero conecta­do a su carácter de cristianos, discípulos y por consi­guiente, apóstoles.

  • 141. La Iglesia católica ha redescubierto de modo muy incisivo esta antigua verdad, partiendo del Concilio Vaticano II. Pero la atención a los laicos y al mundo fue parte de la tra­dición más constante y clara del Oratorio de San Felipe. Recordamos, entre los santos que pueden señalarse, a San Francisco de Sales. J. H. Newman, al Padre Julio Be­vilacqua.

La «Christifideles laici» del Papa Juan Pablo II (1988) usa el término ‘laico’ como adjetivo del nombre ‘cris­tiano’ (‘fiel a Cristo’). Los laicos son, estadísticamente, la normalidad de los cristianos; ellos, teniendo a su lado a los presbíteros y a los obispos, son los testigos más con­fiables de la mentalidad del mundo y los sujetos poten­cialmente más eficaces, en ciertas situaciones, del anun­cio evangélico a nivel misionero.

  • 142. Las comunidades filipenses no están destinadas a cerrarse en sí mismas en la búsqueda de su bienestar espiritual. Constitutivamente son comunidad de «vida apostólica» enviada al mundo para anunciarle la esperanza cristia­na, para buscar alcanzarlo y salvarlo desde dentro, no desde lo alto o desde fuera.

El ansia misionera de San Felipe («Tus Indias son Roma», se lo había dicho Agustín Ghettiní)[85] se transfunde en esta comunidad que busca leer los signos de los tiempos y hacerse «todo a todos» (Cfr. 1Cor 9, 22) en aquella adaptabilidad que es la contraseña desde los orígenes.

La encíclica «Redemptoris Missio» casi parece referirse a esto cuando escribe: «El Espíritu Santo impulsa al gru­po de creyentes a “hacer comunidad”, a ser Iglesia. Los Hechos indican que la misión, dirigida primero a Israel y después a los gentiles, se desarrolla en múltiples niveles… (RM 26-27). Los Pontífices de la época más reciente han in­sistido mucho en la importancia del papel de los laicos en la actividad misionera. En la exhortación «Christifideles laici»: «también yo he tratado explícitamente de la misión permanente de llevar el Evangelio a cuantos no conocen a Cristo redentor del hombre y del correspondiente empeño de los fieles laicos. La misión es de todo el pueblo de Dios» (n.71).

  • 143. La capacidad de entrar en diálogo con los laicos y con el mundo, e implicarlos en el acontecimiento del Reino, su­pone una actitud y una dimensión espiritual de particular apertura. Dialogar no quiere decir condescender; puede, al contrario, resultar inevitable, en el diálogo, el servicio de la contestación evangélica, del discernimiento cristiano. Dialogar es, sin embargo, partir siempre de lo interno, del amor. «Sé muy bien para qué son los Santos, cuya misión está más en juntar al mundo con la verdad que en separarlos. Lo primero era la misión de Felipe»[86]. En esta afirmación suya, Newman confronta el espíritu ‘dulce y penetrante’ de San Felipe con aquel de Savonarola, impetuoso y polémico, a quien, sin embargo San Felipe veneraba como Santo.
  • 144. Las comunidades filipenses están llamadas a compartir esta ‘cualidad ecuménica’ de San Felipe. Entendiendo por ecumenismo la actitud de buscar juntos, actitud confiada en la hospitalidad que libera en el interlocutor la poten­cialidad del bien y de la verdad que existen en él y que vienen solicitados con espíritu creativo, según el criterio paulino de «no apagar el espíritu, de examinar cualquier cosa y retener lo que es bueno» (Cfr. 1 Ts 19-21).

Para Felipe el mismo camino de la imitación de Cristo atraviesa el mundo, el mundo de nuestra cotidianeidad… Una vez que la esposa del embajador español le pregun­tó cuándo había abandonado el mundo, Felipe respon­dió: “No sabía que lo había dejado”[87].

  • 145. La ‘secularidad’ de los sacerdotes y de los hermanos del Oratorio consiste en, con corazón misionero, habitar más adentro de este mundo, con sus inquietudes, tentaciones y fermentos, para ayudarlo a encontrarse a sí mismo en Cristo.
  • 146. Las mismas diferencias y la diversidad que existen entre los hombres, a nivel cultural y también religioso, vienen a enfrentar a los hijos de San Felipe, no como inevitables fuentes de división sino como potenciales medios de enriquecimiento y de acercamiento a la única verdad. Escribe Paulo VI: «Supongamos un grupo de cristianos que dentro de la comunidad humana donde viven, ma­nifiestan su capacidad de comprensión y de aceptación, su comunión de vida y de destino con los demás, su so­lidaridad con los esfuerzos de todos en todo aquello que existe de noble y de bueno… Supongamos, además, que irradian de una manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes, y su esperanza en aquello que no se ve y en lo cual nadie osaría soñar… este testimonio constituiría ya, por sí mismo, una proclamación eficaz de la Buena Nueva». «Conservemos la dulce y confortante alegría de evange­lizar… Sea ésta la mayor alegría de nuestras vidas en­tregadas a Dios. Y ojalá que el mundo actual, que busca a veces con angustia la Buena Nueva pueda recibirla, no de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes y ansiosos, sino de servidores del Evangelio, cuya vida irradie el fervor de aquellos que han recibido, antes que todo en sí mismos, la alegría de Cristo»[88][89].

Conclusión

  • 147. El Santo Padre Felipe fue sobre todo un ser espiritual, un corazón dilatado por el Espíritu Santo. Con los años se vuelve siempre más contemplativo, un orador puro. Éste es el profundo secreto que explica la identidad. Sin esto, su figura corre el riesgo de ser leída en lo superficial, como la de un simpático burlón y sin forzar las cosas, se le pueden aplicar las palabras de Pablo: «el fruto del Espíri­tu es amor, alegría, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, dulzura, dominio de sí» (Gal 5, 22).

Su pedagogía fue una pedagogía del Espíritu fundada en la docilidad (docibilitas) a sus inspiraciones. «Cor ad cor loquitur» («El corazón habla al corazón»). De aquí su pe­renne validez. La presencia del Espíritu es totalmente para la Iglesia. Sin el Espíritu ésta se volvería letra muerta, estructura del pasado, propaganda sin fuerza de liberación.

  • 148. El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, la hace comuni­dad vibrante y una comunión fraterna, la renueva frente al mundo y en el mundo, con los dones de una auténtica juventud, la libera del temor de lo nuevo y de la vanidad de las modas, la vuelve coloquial, lugar de franqueza, de libertad responsable. El Espíritu hace de la Iglesia, Iglesia de Cristo resucitado y viviente.
  • 149. Las comunidades filipenses con su modesta estructura están llamadas a expresar en la Iglesia y en el mundo esta ‘libertad en la verdad’, esta gozosa servidumbre ‘en la caridad de Cristo’.

Pequeñas y escondidas como son estas comunidades, pueden ser siempre, siempre en la lógica del Reino, sal de la tierra y fermento que hace crecer a los hombres, a los hermanos.

  • 150. «Estén siempre alegres, se los repito, estén alegres. Que todo el mundo note lo comprensivos que son. El Señor está cerca, no se angustien por nada; en lo que sea, pre­senten ante Dios sus peticiones con esa oración y esa súplica que incluyen acción de gracias; así la paz de Dios, que supera todo razonar, custodiará sus mentes y sus pensamientos por medio del Mesías Jesús.

Por último, hermanos, todo lo que sea verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo limpio, todo lo estima­ble, todo lo de buena fama, cualquier virtud o mérito que haya, eso ténganlo por suyo y lo que aprendieron y reci­bieron y oyeron y vieron de mí o en mí, eso llévenlo a la práctica, así el Dios de la paz estará con ustedes» (Fil 4, 4-9).

[1] W. Faber, The Spirit and Genius of St. Philip, Lambert, Londres. 1850.

[2] P. O.

[3] Ponnelle-Bordet, Introducción, p. X.

[4] Dagli Annali della Storia della Chiesa di Baronio. cit. de Meriol Trevor. p. 218.

[5] LAUS, 1987. n. 242. p. 139.

[6] M. Trevor. Op. Cit., pp. 91-92.

[7] Ponnelle-Bordet. p. 392.

[8] M. Trevor, p. 129.

[9] Vita, 1, c. 18

[10] Decreto del 21 de abril de 1587.

[11] Prepósito de la Congregación de Roma por 20 años. Murió en 1782.

[12] M. Trevor, p. 164.

[13] P. PEDRO CONSOLINI, de Monte Leone, Diócesis de Fermo. Entró a la Congregación en 1590. Murió después de la media noche del 30 de enero de 1643. (Breve notizia d’alcuni compagni di Filippo Neri. de F Giacomo Ricci, Brescia. 1706 – Dalle stampe degli Eredí di Gio. Maria Rizzardi, pp. 132-171).

[14] Máximas y recuerdos

[15] Padre VICENZO VETTORI: Prepósito de Roma por 20 años. Murió en 1782.

[16] Constituciones, n. 57.

[17] Constituciones, n. 10.

[18] Lettera sulla vocazione dei Filippini, p. 14

[19] Máximas y Recuerdos.

[20] «Ma il nostro S. Padre, che con divino consiglio ci ha date Regole differenti da quelle de’Claustrali, no ha voluto assolutamente unione alcuna tra le sue Case, ma solamente unione di spirito, come scrive il Padre Consolini: e avendo stabilito che ogni Casa si regga da sé, e non abbia unione con le altre, ha nel medesimo tempo fatto conoscere assai chiaramente, che non vuole, che un Soggetto passi da una Congregazione all’altra…» Ver: Pregi della Congregazione dell’Oratorio… Venecia -1825-1826 pp. 279-280, Tomo II.

[21] C.l.C. 115 §2; 586, §1, §2; Const. n. 16

[22] Prepósito de Roma. Cfr. Memorie Storiche della Congregazione dell´Oratorio. Di Giovanni Marciano, Nápoles, 1693; p. 488.

[23] Cittadini: Spiritualità del´Oratorio. Relazione al Congreso Generale, 1982.

[24] Istruzione per Esercizi Spirituali, Biela, 1875, p. 129. Cfr. también Memorie. cit.: «se noi non abbiamo i voli come i Religiosi. abbiamo la carità che prevale a tutti i voti», (Cfr. MemorieCit. pp. 59-60). Padre NICOLÒ GIGLI de origen francés, «uno de los primeros hijos de San Felipe». (Cfr. Pregi della Congregazione dell’Oratorio di San Filippo Neri. Venecia, 1825, Tomo II, p. 96. Primo fiore di San Filippo Neri; trapiantato dalla terra al Cielo. (Memorie… Cit. pp. 499-505) Murió el 14 de junio de 1591.

[25] Padre ANTONIO GALLONIO, entró en la Congregación de Roma el 1º de junio de 1577. Gran discípulo de San Felipe. Escribió diversos tratados y la vida de San Felipe. Murió el 15 de Mayo de 1605. Cfr. también Breve notizia d’alcuni Campagni di S. Filippo Neri di F. Giacomo Ricci, Brescia, 1706. y Cfr. Memoríe… Cit.

[26] Padre MARlANO SOZZINI, nacido en Siena el 15 de julio de 1613. Admitido en la Congregación el 12 de mayo de 1641, siendo Maestro de novicios el Padre Pedro Consolini. Por lo dicho arriba. Cfr. Vita del Venerabile Servo di Dio Mariano Sozzini. Prete della Congregazione dell’Oratorío di Roma, Venecia, 1751, p. 90; Cfr. también Pregi… Cit. pp. 162 Y ss., donde es comentado cada punto. Murió el 15 de septiembre de 1680.

[27] Máximas y Recuerdos.

[28] Máximas y Recuerdos.

[29] Padre Antonio Cistellini: «San Filippo e la Spiritualitá dell’Oratorio» en Le grandi Scuole della Spiritualitá Cristiana, pp. 505-517. Edizioni O. R. Milano. 1984.

[30] Máximas y Recuerdos. También las siguientes.

[31] Istruzioni... p. 70.

[32] ibídem. Cfr. también Pregi.., cit. p. 209.

[33] Máximas y Recuerdos.

[34] Padre ALEJANDRO FEDELI de Ripa Transona (hoy Ripatransone. de Ascoli Piceno) uno de los primeros y más obedientes hijos de San Felipe. Con César Baronio y Juan Francisco Bordini es destinado por el santo, al inicio, para el cuidado de San Juan de los Florentinos. Murió el 27 de Octubre de 1596. Cfr. Memoria Historiche..., Cit. pág. 30 y 478-481. Cfr. también Breve notizia… Cit.. pág. 72-74.

[35] Istruzioni… p. 70.

[36] Ibídem.

[37] Máximas y Recuerdos

[38] Ibídem.

[39] De vita Beati Philippi Neri et lnstituto Congregationis Oratorii, Libri Vll; de un discípulo de San Felipe Neri, con anotaciones del Cardenal César Baronio.

[40] Cittadini, Spilitualità dell’Oratorio, Op. Cit.

[41] Ibídem.

[42] Ibídem.

[43] Ibídem.

[44] AGUSTÍN VALIER, nacido en Venecia el 7 de abril de 1521. Obispo de Verona el 15 de mayo de 1565, hecho cardenal el 12 de diciembre de 1583. Murió el 23 de mayo de 1606. Obispo subvicario de Palestrina. Escribió casi 200 obras latinas.

[45] Máximas y Recuerdos.

[46] Bouyer Luis: Un Socrate Romain.

[47] Máximas y Recuerdos.

[48] Spirituali Esercizi: Op. Cit. p. 51.

[49] Ibídem. Cfr. También Pregi… Op. Cit. Tomo II p. 58.

[50] Máximas y Recuerdos.

[51] Spirituali Esercizi; cit. p. 58.

[52] Gasbarri: Filippo Neri nella Testimonianza… p. 191.

[53] MARClANI, del Oratorio de Nápoles (Pregi…. p. 58).

[54] Constituciones n. 102

[55] Máximas y Recuerdos.

[56] Cittadini, Art. Cit.

[57] Ibídem.

[58] Ibídem.

[59] Spirituali Esecize… Op. Cit. P. 85

[60] Ibídem., p. 97

[61] Pregi…, p.249

[62] Máximas y Recuerdos.

[63] Máximas y Recuerdos.

[64] Card. PRANCISCO MARÍA TARUGI. De Montepulciano. Primo del Papa Julio III. Después de haber escogido como confesor a San Felipe se unió al grupo de sus discípulos en 1556. Pensó por un momento hacerse capuchino pero el Señor lo hizo permanecer con San Felipe, En 1576 se trasladó a Nápoles para la fundación de aquella Congregación. Fue llamado de nuevo a Roma al cabo de seis años. Después fue hecho Arzobispo de Avignon por el Papa Clemente III, quien el 05 de junio de 1596 lo hizo Cardenal junto con César Baronio. Se retiró muy anciano a su querida Congregación donde murió el 11 de junio de 1608 a los 83 años después de haber sido propuesto por algunos años a la Iglesia de Siena. Cfr. Breve notizia, Op. Cit. p. 25 y ss.

[65] Constituciones, pp. 100-101.

[66] Dei Verbum n. 25.

[67] El Padre AGUSTÍN MANNl, de Canziano en el ducado de Urbino. Uno de los primeros hijos de San Felipe. (Cfr. Memorie Historiche, cit. p. 7 Y pp. 520-530) Dotado de gran dulzura de espíritu, tanto que era llamado ‘Padre Maná dulce’. Asiduo al confesionario para los miembros de la casa y para los externos. Para los enfermos y los pobres era ‘el Ángel de Dios’. Tenía una excepcional devoción a María Santísima. Murió a los 71 años el 26 de noviembre de 1618 (Cfr. Breve notizia… Op. Cit. pp. 104-112).

[68] P. ANTONIO TALPA, nacido en San Severino en la Marche, el 1º de abril de 1536. Entró a la Congregación desde sus inicios. Dedicado por San Felipe como Director espiritual de San Camilo de Lelis. Enviado a fundar la Con­gregación de Nápoles donde murió el 14 de enero de 1624.

[69] Dei Verbum n.25

[70] Máximas y Recuerdos.

[71] Máximas y Recuerdos.

[72] Máximas y Recuerdos.

[73] Máximas y Recuerdos.

[74] Máximas y Recuerdos.

[75] El Padre ANGELO VELLI de Palestrina, acogido por San Felipe en la Congregación en 1565. Mandado con F. M. Tarugi a San Juan de los Florentinos. Llevado a Ferrara por un tiempo. El Cardenal Pedro Aldobrandini, quería proponerlo para el cardenalato, pero se negó. Segundo Prepósito después de Felipe. Después de 60 años de Congregación murió de 85 años el 10 de diciembre de 1622 (Cfr. Memorie… Op. Cit. p. 30 y pp. 482-488 y Cfr. Breve notizia… Op. Cit pp. 75-79).

[76] Padre ANGELO SALUZZI. Prepósito de Roma por varios años. Era Prepósito también a la muerte del Padre Velli en 1622. (Cfr. Memorie hist… Op. Cit. p. 488).

[77] Máximas y Recuerdos.

[78] Máximas y Recuerdos.

[79] Máximas y Recuerdos.

[80] Máximas y Recuerdos.

[81] Máximas y Recuerdos.

[82] Máximas y Recuerdos.

[83] Padre BALTASAR ÁLVAREZ, de la Compañía de Jesús, confesor de Santa Teresa de Ávila. (Cfr. Pregi… Op. Cit. pp. 25 y 34).

[84] Padre J. GIUS11NIANI. Prepósito de Roma, 1623-1629, muerto en 1654.

[85] AGUSTIN GHETTINI, monje cisterciense cerca de Tre Fontane. (Cfr. Il primo processo per San Filippo Neri, Città del Vaticano, 1957, Vol. l. pp. 384-385.

[86] J.H. Newnan, Missione di San Fillippo.

[87] P. Türks, Fillippo Neri. Città Nuova. p. 167.

[88] Evangelii Nuntiandi nn. 21 y 80.

[89] En estas palabras Paulo VI parece reflejar la particular formación religiosa recibida en su juventud en el Oratorio de su ciudad natal, bajo la guía de un padre filipense a quien nombrara cardenal: el P. Julio Bevilacqua.